lunes, 24 de octubre de 2016

Asesinas de Felpa: Queca

Cualquiera puede ser un asesino


En el preciso momento en que Woody decía «Los juguetes podemos verlo todo», Queca supo cómo hacerlo. No tenía nada que ver con la película. Ni con lo que sucedía en esa escena. Pero la idea surgió. Así sin más. Como una palomita al calentarse el maíz. Incluso creyó escuchar en su oído de felpa —felpa, cómo odiaba esa palabra— el «Pop» característico.

Nayara estaba sentada a su lado. En el sofá del salón. Nayara era su nueva dueña. Bueno, nueva y primera. La película de Toy Story y ella fueron dos de sus regalos de cumpleaños. Sus padres, cinéfilos empedernidos, pensaron que el mejor regalo para una niña de tres años era una película, una película que más bien es de terror. Pero a la niña no parecía importarle; en una semana, era la séptima vez que la veía, o que contemplaba la pantalla mientras pasaban las imágenes. A esa edad no se ven películas en su amplio significado.

En esa semana tampoco se había separado de su nueva muñeca ni un instante. La llevaba agarrada del brazo a todas partes, barriendo el suelo con ella.  La azulada felpa del zapato no tardó en adoptar un aspecto blanquecino que hablaba de lo limpio que había dejado el parquet en algunas zonas.

En el lugar donde había un hilo cosido a modo de labios también se veía una mancha. Una mancha amarillenta que no llegaba a camuflarse con el color piel de la cara. «Queca tiene hambe», había asegurado Nayara. Y la cuchara llena de puré había ido a parar a la línea permanentemente sonriente que formaba la boca de la muñeca. Nayara no sabía comer sola, pero Papá estaba distraído con la tele, y Mamá había ido a la cocina a por la barra de pan, que siempre se le olvidaba a Papá al poner la mesa.

Pero nada de esto enfurecía a la Queca de Nayara, no. De hecho, como a los juguetes de la película, a ella le encantaba tener una dueña. Estar encerrada en una diminuta caja  había sido una tortura, una prisión en la que había empezado a perder la esperanza de salir hasta que Papá y Mamá la rodearon con sus manos y la observaron como si fuera la octava maravilla del mundo. Por eso, para ella, esas dos personas eran sus salvadoras. Y les estaría eternamente agradecida.  Asimismo haría cualquier cosa que les hiciera feliz. Y ver que su hija no se separaba de su muñeca era algo que les hacía muy felices, porque demostraba que a la niña le gustaba el nuevo juguete, que se divertía con él como con ninguna otra cosa.

Todo iba perfecto. Queca aguantaba cualquier niñería de Nayara. Soportaba sus arrastres, a veces del abrazo, a veces de la alargada lana marrón de su cabello. Incluso toleraba pacientemente el estar sentado a su lado viendo una y otra vez la película de Pixar. Sin embargo, lo que la empezó a molestar fue que Papá y Mamá no la hicieran caso… Y sí se lo hicieran a Nayara. Les hacía felices, sí, pero es que ¡la niña siempre era el centro de atención! ¡Siempre! Para ellos, Queca no era más que una simple muñeca. La inseparable Queca de su niñita.

Al no separarse nunca de ella, la muñeca tenía que presenciar cada uno de los mimos que los Papás le dedicaban a la niña. Cada uno de los besos, cada una de las caricias, cada una de las palabras desbordantes de amor… Mientras Queca lo observaba todo desde la manita de Nayara, o atrapada entre el regazo de la niña y el pecho de Mamá, o desde la cama al darle las buenas noches. Si sus ojos de botones hubiesen tenido la capacidad de soltar lágrimas, estas se habrían escapado de los agujeritos. Pero no soltaban lágrimas, ni siquiera hilos. Y una enfermiza envidia se fue gestando en el interior de felpa de Queca. Una envidia que colmó de odio cada una de sus fibras. Aunque había algo más. No solo comenzó a odiar a Nayara. También empezó a odiarse a sí misma.

Todas las noches, amparada por la fiel oscuridad y el sueño de los humanos, Queca se escapaba de entre los brazos de su pequeña dueña y se dirigía con su felpa silenciosa al espejo del baño. La luz de la luna se asomaba lo suficiente por la ventana como para permitirle vislumbrar su reflejo en el cristal. Entonces comprendió que no se podía comparar con Nayara. Que su asquerosa piel de tela no tenía nada que ver con la suavidad de la de la niña. Que su aspecto cabezón y simplista era horroroso frente al humano del de la querida hijita. Que al fin y al cabo, ella, Queca, era una muñeca.

Las visitas nocturnas al reflejo del odio se fueron haciendo cada vez más comunes… Hasta aquella noche del día en que le asaltó la idea de cómo hacer que Papá y Mamá le prestaran atención a ella. De hacer que la amaran como amaban a Nayara.

La niña no solía entrar a la cocina, por lo que Queca no conocía demasiado esa habitación de la casa. Sin embargo, la puerta del comedor estaba frente a la de la cocina. Al igual que Woody, Queca podía verlo todo, y cada día desde que estaba allí había visto de dónde sacaba Papá los cubiertos para ponerlos en la mesa. El mueble estaba al otro lado de la puerta, y desde la sillita de Nayara tenía unas vistas excelentes.

Aquella noche, Queca no dirigió sus silenciosos pasos de felpa al baño, sino que los desvió hacia la cocina. Una vez dentro, con gran esfuerzo, trepó hasta la cima del mueble  y desde ahí arriba abrió el primer cajón. A continuación extrajo un cuchillo de sierra, el primero que vio, y desanduvo el camino hasta la habitación de Nayara.

Mientras escalaba a la cama ayudándose de la sábana, Queca no pudo evitar pensar en Sid, el niño malo de Toy Story. Y tampoco pudo evitar sentirse excitada.

En tan solo unos instantes dejaría de ser una muñeca de felpa


*Este relato pertenece a una saga realizada junto a los Compañero de La Celda Acolchada (blog conjunto). Si quieres conocer a las Triplet Fragance, Matilda, Valentina, Felisa y Gina, pincha AQUÍ

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