jueves, 25 de febrero de 2016

Proyecto Fobia (Capítulo 5)

¿Cuál es el límite del miedo?


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Para leer el capítulo anterior (el 4) escrito por José Carlos García Lerta pincha AQUÍ.


5

La ola roja

Aquel inesperado y desconocido acceso de rabia, aquella ola roja que lo había ahogado durante unos instantes, había producido un extraño cambio en Augie. Al igual que ocurre en ciertas situaciones límites si se consigue sobrevivir a ellas, la mente del chico se despejó, como si la ola hubiese barrido todos sus temores a su paso. Aunque esta no era la única responsable; en realidad lo era la razón por la que recibió el impacto de la rabia. El conocimiento de su pasado, de su origen. Saber aquella horrorosa verdad había manchado su forma de ser con una prematura actitud de rebeldía, porque ¿quiénes eran ellos después de todo? ¿Quién era esa mujer a la que llamaba madre? Desde luego, ahora sabía que no era su madre, y por tanto, no le importaba lo más mínimo.

En un primer momento, cuando experimentó la rabia por primera vez, este nuevo sentimiento le había asustado. Pero ahora, unas semanas después y tras recibir el impacto de la ola en cada una de las ocasiones en que Alyssa intentaba controlarlo con el péndulo, esta se había ido convirtiendo en parte de su ser, hasta sentirla como cualquier otro sentimiento, como si siempre hubiese estado ahí, atrapada. Augie imaginaba que un león o un tigre —en definitiva, un animal encerrado— debía sentirse tan bien como él cuando la rabia se apoderaba de su alma. 

Pero aun así, seguía sin atreverse a plantarle cara a la mujer o —al menos ofensivo— hombre, quien al fin y al cabo, sí era su padre real. Sin embargo, lo que Augie sabía era que cada vez le afectaba menos las palabras de su madre y el péndulo, puesto que el acceso del nuevo y rojo sentimiento que experimentaba en cada sesión de maltrato, lo ocupaba todo. Cada vez, de un modo gradual, el miedo hacia Alyssa se iba derritiendo, como un helado bajo el sol. Augie estaba convencido de que llegaría un momento en que se derretiría del todo, y entonces, nada le impediría plantarse frente a ella, agarrar el péndulo y arrojarlo lejos de sí. La mujer que no era su madre lo miraría a los ojos, asustada, inmóvil, él la apartaría y saldría de la caravana, y a partir de esa demostración de autoridad, la situación familiar daría un giro de ciento ochenta grados. Aún quedaba su padre, pero el chico creía que sería fácil de controlar.

Augie estaba convencido de ello, pero lo que no esperaba es que ese momento llegara de un modo tan brusco como lo hizo.

Alyssa encontró el libro de La Divina Comedia, el libro que su mejor amigo Clay le regaló; el libro que Clay Truman Jr. le «arrancó» a su padre, el payaso, para que Augie se sintiera mejor, para que comprendiera que no vivía en un infierno, como él pensaba, ya que «el infierno es algo eterno, y estoy seguro de que lo tuyo acabará algún día».

Augie lo había mantenido oculto desde aquella ocasión hacía más o menos un año en la que empezó el tormento del péndulo. Desde aquella ocasión en la que Alyssa le rompió el cuaderno donde escribía, cuando la esperanza de ser un buen escritor algún día aún brillaba en el horizonte, hasta que ella la apagó con sus palabras de fracaso que quedaron grabadas en el oscilante péndulo. Lo había guardado, pero ni siquiera se atrevía a leerlo por las noches, mientras el interior de la caravana se llenaba con los ronquidos tanto de Alyssa como de su padre, por temor a que le descubrieran.

Lo ocultó bajo el colchón, ya que la mujer nunca hacía su cama y jamás miraría ahí…, o eso creía.

Era mediodía, y el sol pegajoso y húmedo de aquella zona de la ciudad era sofocante. Augie regresaba de las clases, deseoso de un vaso de agua fresca. Ese día, el profesor Hoover tartamudeó más de lo normal, suponía el chico que por el calor, y a diferencia de otras ocasiones, ni siquiera Augie logró entender sus explicaciones.

Abrió la puerta de su casa, y nada más hacerlo, le recibió Alyssa con el libro en la mano. Aquello trajo a su memoria el recuerdo del descubrimiento de su cuaderno. Como en esa ocasión, la  mujer estaba tras la puerta esperándole, solo que esta vez no le golpeó con el objeto en los morros. Por el contrario, permaneció de pie, frente a la puerta abierta, impidiendo entrar al chico.

—¿Y esto? —preguntó con voz tan fría que provocaba escalofríos.

Augie no tenía pensado contestar, como siempre hacía, pero su lengua se movió sin previo aviso, y no sin cierto sentimiento contenido.

—Es mi libro.

—¿Ah sí? ¿No me digas? —replicó sarcástica la mujer—. ¿Y qué hacía en el colchón? Esta mañana he visto chinches, y los he sacado para lavarlos y que los dé el aire. Te he pillado, niño malcriado.

Augie miró, un tanto tembloroso, hacia los lados. En un extremo de la caravana estaban apoyados los viejos colchones. No los había visto al llegar.

—Creo que te dejé bien claro lo que pensaba del infierno —continuó—, y de tu estúpida atracción hacia la escritura. Creía que ya habías aprendido cuál va a ser tu destino. Tu único destino.

—No lo he mirado desde ese día —dijo ahora con un toque inocente.

—No lo he mirado desde ese día —se burló ella contrayendo el rostro en una mueca despectiva—. ¡Me importa una mierda lo que hayas hecho con él! Por mí como si te limpias el culo con sus hojas; de hecho, eso estaría muy bien, y lo vas a hacer ahora mismo. Ve al váter.

Alyssa se echó a un lado para permitirle el paso. Augie no se movió. «¿Está loca? —pensó—. ¿Quiere que cague y me limpie con las hojas de La Divina Comedia?».

—¡Vamos! —gritó. Era curioso con qué facilidad perdía los nervios cuando se dirigía a Augie, mientras que con Alan se mantenía serena, como la otra noche.

Aquella terrible orden de Alyssa, aquella despreciable y retorcida idea que se le había ocurrido a su sucia mente, fue lo que convulsionó la tierra de su alma, y terminó de despertar la enorme ola roja, la cual lo inundó por completo, derritiendo así, finalmente, el miedo hacia la mujer.

—No —soltó entre dientes, en un tono cargado de rabia.

Alyssa, perpleja, tardó en reaccionar.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que no. —Y la miró directamente a los ojos—. Dame el libro.

Los labios de Alyssa se movieron vacilantes con la intención de decir algo, pero no arrojaron ningún sonido. Por un momento, esa acción le dio el aspecto de un pez… o de una piraña que se ha quedado sola y sabe que no puede hacer nada contra el enorme humano que tiene delante con una red en la mano.

—Ese libro no es mío; es de mi amigo. No pienso dejar que lo rompas. Dámelo. ¡Dámelo!

Y al decir esto, Augie se inclinó bruscamente hacia la mujer y le arrancó el libro de las manos. Después, salió corriendo. Aquello era demasiado, e hizo reaccionar al fin a Alyssa, quien no dejó de gritar, de chillar embargada por la rabia y la confusión que «volviera inmediatamente, niño malcriado, que se iba a enterar, que no volvería a ver la calle en la vida».

Pero Augie hizo oídos sordos; solo resonaban en sus orejas los latidos de su corazón, a punto de estallar en el pecho.

Corrió hacia la caravana de Clay, golpeó la puerta con los nudillos al ritmo de su contraseña especial y continuó corriendo hacia el lugar donde siempre quedaban.

Se trataba de una zona a orillas del río, semioculta tras unos largos juncos con forma de puros. El agua no fluía muy limpia, por lo que había un ligero hedor a alcantarilla; no obstante, ese era un lugar perfecto para esconderse, y además, era el «sitio de Augie y Clay». Ahí había acudido siempre, al menos hasta donde su memoria alcanzaba a recordar. Ahí se sentía a salvo de sus padres y veía, más allá de la otra orilla, entre las altas plantas que crecían cerca del río y el brillante azul del cielo, algunos de los edificios de la ciudad. También fue el lugar donde conoció a Clay Truman Jr.

—¿Augie? —lo llamó alguien a su espalda. Era Clay.

Hasta que no giró la cabeza para mirar a su amigo, no se dio cuenta de que estaba llorando. Percibió, asimismo, que estaba temblando, con el libro pegado a su pecho, y que la rabia había remitido, aunque no del todo.

—Toma —le extendió el libro desde la piedra en la que estaba sentado—. Ella quería romperlo.

Clay abrió los ojos de par en par. Aquel gesto hizo recordar a Augie el momento en el que se conocieron, pocos años atrás.

Augie había ido allí tras salir del colegio. Se le había olvidado lavar su vaso de leche y sabía que en cuanto entrara en casa, se llevaría una buena paliza. De modo que, con la intención de retrasar aquello lo más posible, se dirigió a su escondite y permaneció ahí sentado, muerto de miedo, con el estómago encogido y llorando.

Entonces un muchacho de su misma edad apareció de repente, y se lo quedó mirando sorprendido.

—Ho-Hola —dijo.

El aún más pequeño Augie se limpió los ojos. ¡No quería que lo vieran llorar! ¡Pensarían que era una niña!

—Eres el nuevo —replicó finalmente Augie a modo de saludo.

—Sí. Me llamo Clay. Clay Truman Jr. —Y extendió los labios en una amplia sonrisa—. Mi papá dice que siempre diga el nombre entero, para demostrar que estoy orgulloso de él.

—Eres el hijo del payaso —continuó Augie tratando de no sollozar. Se cabreó un poco con aquel muchacho, puesto que casi le pillaba llorando.

—Sí. El mejor payaso del mundo… ¿Estás llorando?

—¡No!

—Vale —se limitó a aceptar Clay—. ¿Quieres jugar a la «rana»?

Augie se quedó aturdido. ¿La «rana»?

—Mira —dijo Clay, y se agachó a coger una piedra plana, se levantó, y la arrojó hacia la superficie del río. La pequeña piedra dio saltitos, sin hundirse, y avanzando casi hasta la otra orilla. Augie abrió la boca de par en par, y todo el enfado y el miedo se esfumaron como la estela que iba dejando la piedra tras de sí—. Esta es la mejor parte del río para hacerlo. ¡A que mola!

Sí, molaba.

—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó Augie, impaciente.

—¡Claro! Coge una piedra, cuanto más plana mejor, y tírala al agua. Pero muy recto, para que no se hunda.

Augie lo intentó varias veces, hasta que le salió y dio un salto de alegría. Durante ese divertido juego, en su extrema concentración, se le había olvidado lo que le esperaba en casa.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Clay mientras Augie rebuscaba en la húmeda arena para hacerse con otra piedra plana.

—Augie.

—Eres el hijo del domador y la vidente, ¿a que sí?

La mano de Augie se detuvo envuelta en arena. El corazón le dio un vuelco, y una punzada de angustia le atravesó el estómago. Aquellas palabras de Clay le habían hecho recordar el vaso de leche sin lavar y lo que ello significaba. Las lágrimas lucharon por abrirse paso entre sus ojos. «¡No llores!», se dijo.

 —Sí —logró afirmar sin que le temblara la voz.

Clay cambió de tema.

—¿Sabes? También me gusta venir aquí para ver esos edificios —señaló a los que se recortaban contra el cielo más allá de la otra orilla—. De mayor quiero ser como mi papá, pero no un payaso, sino un mimo. Y quiero actuar por los teatros. Eso sí que mola. ¿Tú quieres ser como tus padres?

Al mirar hacia el horizonte, Augie se percató de lo oscuro que estaba ya el cielo, y comprendió, aún más angustiado, que cuanto más tarde llegara a casa, peor sería la paliza, así que se fue de allí a toda prisa, sin decir nada más a Clay. Pero no fue la última vez que se vieron, por supuesto. Tanto en el colegio como en ese lugar secreto permanecían juntos, y así se fue forjando una gran amistad.

Augie seguía con el libro extendido, pero Clay no hizo amago de cogerlo. Por el contrario, se sentó en el suelo, ya que solo había una piedra para sentarse.

—Es tuyo. Yo te lo regalé —dijo.

—Si me lo quedo, mi ma…, Alyssa lo romperá. —Sorbió la nariz y pensó si decirle también cómo pretendía hacerlo, pero decidió que lo mejor era olvidar el repugnante tema.

—¿Por qué la llamas así?

Y Augie le contó al fin todo lo que había descubierto hacía un mes, y también lo que acababa de ocurrir, su rebelión llena de rabia. Clay se quedó perplejo. Su rostro mostraba incredulidad; pero Augie sabía que en realidad lo creía. Clay no dudaba nunca de él.

—Devuélveselo a tu padre —concluyó Augie—. Es el mejor de todos. Ojalá yo tuviera un padre como él.

—Mi padre ni se ha dado cuenta de que se lo «arranqué». Lleva tiempo sin leer. Solo se centra en enseñarme el oficio de payaso. Aunque yo le digo siempre que quiero ser mimo. Es un poco pesado, pero bueno, me lo paso bien.

Augie bajó la cabeza, consternado.

—Oh, lo siento, Augie.

—No pasa nada —dijo forzando una sonrisa—. Que no lo digas no significa que no esté ahí. Sé que no todo el mundo tiene unos padres como los míos. ¿Por qué he tenido que ser yo quien los tiene?

Hubo unos segundos de silencio en los que solo se oía el murmullo del río y el siseo de los dedos del aire al acariciar los altos juncos. Era un aire cálido de primavera que para nada molestaba; es más, ayudaba a calmar el calor y a ahuyentar los demonios.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Clay al cabo, pensativo. Por un instante, aquel gesto le hizo parecer un hombre adulto. De hecho, ambos parecían adultos melancólicos. Algunos niños, por desgracia, conocen los oscuros secretos del mundo antes de tiempo.

Como la ola roja de rabia todavía no había desaparecido, embistió de nuevo el alma de Augie tras la pregunta de su amigo. Pero no vino sola.

La ola arrastró hacia su mente la respuesta. Una respuesta que iluminó los ojos —ahora secos de lágrimas— de Augie, pero que también, le produjo un dulce escalofrío.

Se levantó resuelto de un salto, dejó el libro sobre las rodillas de Clay, y echó a correr desoyendo los gritos de su amigo, quien le decía que adónde demonios iba.





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