jueves, 15 de octubre de 2015

Proyecto Fobia (Capítulo 1)

¿Cuál es el límite del miedo?


Este es el primer capítulo de un relato escrito junto a José Carlos García, quien escribió la Introducción en su blog La burbuja literaria.

Antes de leer el capítulo, recomiendo que se lea primero dicha introducción pinchando AQUÍ.


1
Hogar, dulce hogar

A sus nueve años de edad, Augie Remprelt conocía el infierno. Y descubrió que no se encontraba bajo la tierra, ni estaba rodeado de llamas ni compuesto por nueve círculos como Dante mostraba en su obra. No. El infierno se encontraba en el lugar que se suponía debía ser el más seguro. Su casa. Con los demonios que lo habitaban ocurría lo mismo. Estos eran las personas que se suponía debían protegerlo. Sus padres.
Desde que descubrió La divina comedia —la cual no empezó a comprender hasta esa edad y aún contenía palabras cuyo significado desconocía—, Augie tuvo claro qué quería ser de mayor. Escritor. Su intención era escribir su propia versión del infierno; una versión más real, pues la vivía en sus propias carnes. Dudaba que aquel tal Dante hubiese vivido todo aquello que cuenta; era demasiado fantástico. Su historia sería real, tan real como su miedo.
El libro se lo regaló Clay Truman Jr., su mejor amigo. El hijo del payaso. Clay y él eran de los pocos niños que había en la compañía Golden Circus (Circo Dorado), sin embargo, aún no les habían empezado a explotar. Augie tenía la sensación de que todo el mundo estaba harto de aquel circo cada vez más decadente y que a la muerte del viejo Will Beneke, el dueño desde tiempos inmemorables, todos los artistas se separarían y el Golden Circus se convertiría en el Darkish Circus (Circo Oscuro). Así pues, nadie tenía esperanzas de la futura continuidad del circo y por lo tanto resultaba absurdo enseñar a las nuevas generaciones de bichos raros.
Clay conocía el infierno particular en el que estaba enterrado Augie. No hacía falta tener buen oído para escuchar los gritos de su mejor amigo escaparse entre las finas paredes de la caravana donde vivía. Además, Augie se lo había contado y Clay, como buen muchacho y amigo que era, había tratado de consolarle entregándole aquel poemario infernal. «No digas eso, Augie. El infierno es algo mucho peor. Lo que te ocurre no es que sea el cielo, y ojalá no te pasara, pero el infierno es algo mucho peor, algo eterno, y estoy seguro de que lo tuyo acabará algún día. Si no me crees, lee este libro. Se lo he arrancado a mi padre.»
Eso le sacó una pequeña carcajada a Augie. «Arrancar» era la forma que tenían entre ellos de referirse a «mangar» algo de sus padres. Y siempre les hacía mucha gracia. La idea fue de Augie, cuya imaginación siempre esperaba en el umbral de su mente. Cada vez que alguno de sus padres no encontraba algunos de sus bienes más preciados, chillaban y se revolvían como si le hubiesen arrancado alguna parte de su cuerpo.
Augie le agradeció el gesto a su amigo, y en un rincón de su corazón confiaba en sus palabras. Pero cuando lo leyó, una y otra vez, y empezó a entenderlo con claridad, se dio cuenta de que Clay se equivocaba. Su infierno era mucho peor.
En cuanto la idea de escribir su propia versión del averno se coló en sus pensamientos, Augie sacó el cuaderno de matemáticas, y en una de las hojas comenzó a escribir. Era un buen estudiante, a pesar de todo. Tenía buen cerebro. No le costaba nada entender las explicaciones del profesor Hoover, y eso teniendo en cuenta su habitual tartamudeo en cinco de cada cuatro frases que soltaba por sus labios brillantes de saliva. No tardó en llenar una hoja con su elegante caligrafía, muy diferente de la de cualquier niño de nueve años. Y estaba seguro de que no tendría demasiadas faltas. Pero eso no le preocupó por el momento. Dio la vuelta a la hoja, y continuó escribiendo por el reverso.
Todo ello ocurrió una semana atrás.
Ahora, toda esa ilusión, con medio cuaderno empapado de palabras, se había esfumado como el público cuando empezaba a aburrirse de las repetitivas actuaciones y a hartarse del olor de los excrementos de los animales.
Sus padres, más concretamente su madre, había tenido una idea brillante.
Augie acababa de regresar del colegio, una caravana que destacaba por su tamaño y por su pulcra apariencia. Era la única caravana que se mantenía limpia y presentable con el fin de dar una buena imagen a inspectores y a las víboras de los pueblos a los que acudían. Habían recibido quejas de las condiciones ciertamente insalubres de las demás viviendas rodantes, pero las amenazas terminaban por quedarse en nada.
En cuanto abrió la puerta de la que era su casa infernal (una diminuta caravana con dos camas, una de ellas posicionada en el techo del vehículo), Augie fue recibido con un golpe en los morros. Su madre había encontrado el cuaderno del infierno y se lo había hecho saber como solo ella y su padre sabían: a golpes.
Augie esquivó un nuevo intento de inculcar conocimiento al estilo de su madre y trepó como un mono hasta su cama, con la mochila aún colgando de la espalda.
—¿¡Qué es esto!? —le gritó la mujer.
Augie no contestó. Se aplastó contra la pared como si quisiera fundirse con ella.
—¿¡El infierno, dices!? ¿Crees que esto es el infierno? —Entonces abrió el cuaderno y empezó a arrancar las hojas—. No sabes lo que es el infierno, niño malcriado, no lo sabes bien, pero lo vas a descubrir. ¿Ahora te crees escritor? ¡Eres un inútil, eso es lo que eres! No has escrito más que basura.
—¡Deja de romperlo! —gritó la voz de Augie sin que este le diera permiso, y como si eso hubiese sido un disparo de salida, las lágrimas echaron a correr por sus mejillas, formando surcos entre la mugre.
La madre no le hizo caso y continúo despellejando su ópera prima.
—¿Por qué quieres que deje de romperlo? Sabes que tengo razón. Sabes que tu madre siempre la tiene. No vas a llegar a ninguna parte como escritor. Ni como escritor ni como nada. Ni siquiera como artista de circo porque esta asquerosa compañía se deshará en cuanto el viejo la palme. Vivirás entre cartones, como la gente que no sirve para nada.
Entre las lágrimas, borrosamente, Augie vio la media sonrisa de su madre. Vio cómo disfrutaba con todo aquello. Y lo peor era que sabía que tenía razón. Tenía razón porque su madre era la vidente del circo. Ella y su péndulo, el cual le colgaba del cuello, siempre sabían la verdad.
Aquel día, Augie no bajó de la cama ni siquiera para comer o cuando Clay le llamó para que salieran a jugar. Tampoco se despojó de la mochila. Estuvo durmiendo, entre pesadillas y sudores, lo que quedaba de tarde y durante toda la noche hasta la mañana siguiente, cuando decidió desayunar algo. Luego se quitó la mochila y subió de nuevo a la cama. Los padres dijeron al profesor Hoover que estaba enfermo.
Cuatro días después en este estado, Augie reinició su vida normal, aunque apenas hablaba con nadie y nunca dijo a Clay qué le había ocurrido.
Siguió escribiendo durante unos meses más, a pesar de que las advertencias de su madre, secundadas por su padre, le auguraban un futuro fracaso como escritor. Él quería creer que se equivocaban e intentaba luchar contra ese miedo que sentía por las palabras de su progenitora vidente. ¡Él sería un gran escritor!, se decía una y otra vez todas las noches. Pero su convencimiento estaba construido con barro, y el barro, tarde o temprano, termina derrumbándose, sobre todo si las condiciones que lo rodean son más fuertes y corrosivas. Y el péndulo de su madre era mucho más fuerte y corrosivo, desde luego.
Finalmente su mano empezó a negarse a trazar una sola línea más sobre la hoja del cuaderno. Empezaba con un temblor en los dedos que a continuación subía por el brazo hasta controlar todo el cuerpo. Mientras, en su cabeza, se desataba una tormenta en la que la palabra fracaso con la voz de sus padres destacaba entre todas, dando vueltas y vueltas, hasta provocarle el vómito. Augie trataba de no vomitar, y en más de una ocasión lo lograba, pero no siempre.
Consternado y deprimido hasta tal punto que Clay tenía que entrar en su casa para arrastrarle fuera de la cama y ayudarle a ir al colegio, Augie se dio cuenta de que sus padres habían descubierto una nueva forma de maltratarle, una más efectiva y que no dejaba marca.
Al menos no una marca física. 



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