miércoles, 21 de octubre de 2015

Juan y Dolores

Algunos matrimonios son... peligrosos.


El día en que Juan decidió matar a su mujer, hacía mucho frío. Era extraña una temperatura tan alta a principios de septiembre, parecía que el otoño tenía prisa por joder; no obstante, aquel fue un día muy extraño.

Juan y Dolores, ya de por sí, eran un matrimonio bastante insólito. Estamos hartos de oír noticias sobre violencia de género, en especial de violencia machista, sabemos también que existe justo lo contrario: que el hombre en vez de ser quien golpea, lo hace la mujer.  Sin embargo, en el caso de Juan y Dolores, ambos se daban de ostias por igual. Aunque Juan era quien recibía la peor parte. Dolores pesaba cien quilos y pico; Juan no llegaba a los setenta y cinco.

Dolores era una mujer robusta, con más carne que huesos, de brazos y muslos que tenían la misma anchura que el cuerpo de su marido, y dos cabezas más bajo su mofletudo rostro, las cuales sepultaban el cuello. Si estáis pensando que con estas características Juan lo tendría fácil a la hora de escapar, este os diría (si pudiera) que estáis muy equivocados. Dolores era ágil como un gato persa y era capaz de mover el brazo tan rápido como una víbora al atacar. Juan, por el contrario, se hacía más daño al golpear la mullida grasa de su mujer que el que ella debía sentir. Dolores era su nombre, pero dolores era lo que sufría Juan en cada pelea.

De modo que, harto de una humillación tal que aplastaba su virilidad contra el suelo, de las risas de sus amigos, de los dolores de su cuerpo —tanto cuando daba como cuando recibía—, llegó a la conclusión desesperada de acabar con la enorme existencia de su mujer.

No tenían hijos. Los padres de ambos habían fallecido. Juan no tenía hermanos; Dolores sí, una hermana cuyo parentesco había desaparecido tras una discusión hacía ya tantos años que la cifra exacta había quedada perdida en su memoria, y sus escasas amigas —si es que se las podía llamar así— no echarían de menos su carácter arrogante y egoísta. En cuanto a los amigos de Juan, estos estaban casi todo el día borrachos, así que no harían preguntas peligrosas.

De camino a casa, con el regusto del alcohol en el paladar, Juan hundió la mano en el bolsillo de la cazadora y sacó el reloj de bolsillo heredado de su padre (¿qué reloj de bolsillo no es heredado de un padre?, pensaba). Por otra parte, Juan siempre había preferido estos relojes, ya no porque fuera un objeto heredado, sino porque pensaba que el reloj de bolsillo era para hombres y el de pulsera para mujeres.

Abrió la tapa con el pulgar y miró la hora. Las doce menos cinco de la noche. Sonrió. Dolores se extrañaría por lo temprano de su regreso del bar y en medio de la confusión, podría atacar.

—Qué inteligente he sido —se alababa en voz alta mientras daba pasos vacilantes entre farola y farola.

Con su autoalabanza se refería al hecho de que se había tomado dos o tres copas menos para estar con todos los sentidos despiertos a la hora de llevar a cabo el asesinato.

En vez de guardar de nuevo el reloj en el bolsillo, Juan se sentía tan feliz, que lo cogió por la cadena de plata y lo dio vueltas en el aire hasta que llegó a la puerta de su casa.

Encontró a su mujer en el sillón del cuarto de estar, roncando como un cerdo. Todas las luces de la casa estaban apagadas. Solo el brillo del televisor se colaba por la puerta del salón e iluminaba tenuemente el pasillo. Juan no quiso encender ninguna luz por miedo a despertarla.

Al cruzar la puerta del cuarto de estar y vislumbrar la parte superior de la cabeza de su mujer llena de rulos, se detuvo, paralizado. No fue por temor, ni siquiera se trataba de un repentino y tierno acceso de amor, no; esta no es una historia Disney con un esperado final feliz. Lo que turbó a Juan fue el percatarse de que no había pensado en cómo iba a matarla.

Durante un momento estuvo a punto de abandonar y dar media vuelta, regresar al bar y terminarse las dos o tres copas que le quedaban para completar el cupo diario, pero entonces notó que tenía algo en la mano. El reloj de bolsillo heredado de su padre. No lo había vuelto a guardar.

Miró de un modo intermitente al reloj y a Dolores, a Dolores y al reloj. La luz del televisor arrancaba destellos azulados a la cadena del reloj y a los rulos de su mujer.

Avanzó muy despacio, pensando con cierto horror que era probable que la muy elefanta estuviera fingiendo los ronquidos y que en cuanto llegase a su altura, se daría media vuelta y le pillaría in fraganti; pero ese pensamiento se desvaneció cuando agarró la cadena con las dos manos, la alzó por delante de la cabeza de la mujer y le rodeó las dos caras sin rostro que formaban la doble papada. La delgada cadena de plata se introdujo entre estas dos piezas de carne, quedando enterrada como el mismísimo cuello. Los ronquidos cesaron enseguida, convirtiéndose en gritos ahogados. Juan no sintió ningún remordimiento al oírlos.

Al tiempo que Dolores se removía en el sillón, el delgado cuerpo de Juan se balanceaba con brusquedad a un lado y a otro, arrastrado por la fuerza de su mujer, sin embargo mantenía la cadena bien aferrada, sintiendo cómo esta se iba hundiendo cada vez más tanto en la palma de sus manos como en el cuello su víctima.

Dolores balbuceaba ahora. Seguro que estaba poniendo verde a la persona que la estrangulaba, consciente de que se trataba del blandengue de su marido. También intentaba hacerse con la cadena, pero sus morcillones dedos no podían deslizarse entre las papadas. Juan se deleitaba al observar esos inútiles intentos de su mujer, babeando y sudando alcohol. Por primera vez en muchos años, se le levantó.

La agitación de Dolores era cada vez más intensa. Los meneos que daba Juan, impulsado por los movimientos de su mujer, provocaron que todos sus huesos empezaran a dolerle.

Para evitar caer hacia adelante, por encima del respaldo del sillón, se agachó como si quisiera sentarse en el suelo. De este modo logró tirar con más fuerza de la cadena. Esta acción hizo que Dolores se arrojara hacia atrás con todo su peso, volcando, ante los ojos desorbitados de su marido, el sillón.

Juan quedó aplastado entre el suelo, el respaldo del sillón, y los ciento y pico quilos de su mujer. Pero no murió al instante, y su tozudez y determinación le permitieron continuar haciendo fuerza.

—¡Muérete ya, joder! —gruñó expulsando un líquido que debía ser rojo pero que debido a la iluminación de la estancia parecía morado.

De entre los pliegues de la papada de Dolores también empezó a resbalar sangre morada.

Ahora, los movimientos de la mujer fueron perdiendo intensidad, y cada vez eran más débiles. Ya no balbuceaba insultos, solo salían sonidos guturales de entre sus labios. Y sus manos ya no trataban de agarrar la cadena; ahora buscaban desesperadamente la cara de su asesino. Finalmente la mano cayó inerte cerca de la oreja de Juan y los gemidos cesaron como los ronquidos.

Juan aflojó los músculos de los brazos con una sonrisa triunfal.

Un último pensamiento cruzó por su mente unos segundos antes de morir por múltiples daños internos. Una pregunta crucial que no se había hecho hasta ese momento.

Una vez matado a su mujer, ¿cómo tenía pensado trasladar aquel enorme cuerpo? 


4 comentarios:

  1. Je, je, je... Muy descuidado ese Juan. Divertido relato de humor negro y muy bien narrado. Es muy visual, la descripción de Dolores esos pliegues imposibles, esas lorzas, consiguen esa repulsión y, por ende, esa afinidad para con Juan. Aprovecho para desearte un muy feliz y fructífero, en especial,literariamente, 2017.

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    1. Me alegra que te haya divertido esta historia, Compañero. Un placer verte de nuevo por mis Palabras Narradas. Muchas gracias por leerlo y comentar. Feliz año para ti también. Un abrazo.

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  2. Intensa narración, nos participas de una situación desesperada con gran maestría.
    Una brazo

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    1. Me alegra que te gustara la narración de esta situación desesperada. Muchas gracias por leerlo y comentar, Mirna. Un abrazo.

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