jueves, 10 de septiembre de 2015

Sangre

En ella está la respuesta


Lo primero que veo es una luz brillante. Luego, conforme se desvanece, ante mis ojos va surgiendo un líquido rojo. Sangre.

Mi pómulo derecho está aplastado contra el suelo. Me levanto mareado y aturdido. Compruebo mediante un camino escarlata que la sangre no es mía. Procede de varios cuerpos a unos centímetros de donde estoy en pie. Aún estoy demasiado horrorizado con la escena que tengo delante como para examinar mi propio cuerpo, aunque por la ausencia de dolor deduzco que no estoy herido. La atmósfera está contaminada por un olor insoportable, nauseabundo, que no tardo en relacionar con el mareo que siento y el desmayo.

¿Seguro que solo ha sido por eso?, me pregunta una vocecilla. Y a continuación, flases cegadores iluminan mi mente. Un apagón. Ruido de electricidad. Puertas abiertas. Un pasillo naranja. Gente vestida de blanco corriendo. Gritos.

Nada de eso me hace recordar.

Sin embargo, cuando la conmoción abandona mi mente, me obligo a retirar la mirada de esa masacre y percibo la calidez de mis manos. Temblando hasta tal punto que mis dientes entrechocan, bajo los ojos lentamente, y lo que veo en ellas une, como si de un perfecto bordado se tratase, todas las imágenes anteriores.

Todo empieza a cobrar sentido con esa dolorosa claridad que tanto odio.

Mis manos están cubiertas de sangre, sí, pero como deduje antes, yo no estoy herido.  

Mis piernas ya no pueden soportar mi peso. Caigo de nuevo al suelo, me golpeo, y de inmediato, la escena es tragada por un mundo negro y mucho más agradable. 



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