sábado, 22 de agosto de 2015

El Espejo (Capítulo 15)

¿Y si fueras el último?


15

Ayna dejó de ser Ayna en el preciso instante en que vio la fuente de aquella explosión. El antiguo niño abandonó al fin al nuevo niño, al prematuro hombre, rompiendo así ese fino hilo que le unía con su familia y su nombre. La constante que mantenía su pasado vivo acababa de morir.

La carretilla había quedado inservible. La rueda no había podido soportar la alta temperatura del infierno que despedía el pavimento y la había desgarrado. Había estallado liberando la presión del aire de un modo repentino, produciendo aquel estallido que alarmó al hombre de once años.

De pronto, el llanto cesó, y por un momento, el niño que ya no era un niño se preguntó por qué lloraba. Segundos después lo recordó, y casi que le pareció ridículo. Se puso en pie.

Alzó El Espejo frente a él.

—¿Y ahora qué? Hay mucha comida. —Alguien con un oído muy agudo habría detectado aún un pequeño temblor en la voz; aunque el hombre no era consciente de ello—. No podemos dejarla aquí.

Pero al mirar a los ojos de El Espejo, sus ojos, esos oscuros soles tristes pero inteligentes, la realidad le golpeó como una fuerte ráfaga de viento. Y la realidad era que no había ningún lugar cercano, ningún refugio a la vista en el que permanecer hasta dejar la suficiente comida que fuera capaz de transportar. Ni siquiera podía meterse debajo del puente, pues no había orilla. El agua lamía los pilares de hormigón de este. Era una pena, un crimen casi, pero no le quedaba más remedio que abandonar lo único valioso que había en ese mundo.

—Entonces tenemos que hacer algo para llevar la mayor cantidad de comida que podamos —dijo finalmente, no sin una nota de desolación en la voz. El Espejo parecía estar de acuerdo, porque no replicó.

Dio un paso, entrando así en la carretera, y su húmedo pie percibió el calor cada vez más abrasador. Entonces se dio cuenta que aún estaba en calzoncillos, y que si no quería que sus pies acabasen como la rueda de la carretilla y su piel roja como los pimientos envasados, debía vestirse antes de hacer nada.

Con El Espejo apretado contra su escuálido pecho, el prematuro hombre bajó de nuevo el barranco. Depositó sobre la alfombra de plantas secas a su amigo. Las plantas verdeaban cuanto más cerca de la corriente de agua se encontraban, pero no era un verde tan llamativo como para llamar la atención del hombre.

Se vistió con rapidez. Se ató el pañuelo al cuello, pero no se cubrió con él. Ahí el olor era soportable, pues no había cadáveres por ninguna parte.

Recogió El Espejo y subió el barranco. Unos minutos más tarde, con su amigo bajo un brazo y con una sábana a modo de hatillo sobre el hombro contrario, el hombre reanudó la marcha hacia su última y definitiva esperanza.

No ir empujando la carretilla no sirvió para que no continuara deteniéndose cada cierto tiempo. El peso ahora se repartía en dos partes: El Espejo y el enorme hatillo. El marco de su amigo era de aluminio, pero el cristal era grande y pesado, y conforme el tiempo pasaba, el brazo izquierdo del hombre y su mano acusaban su obesidad con más claridad. Y en cuanto al saco, las dos garrafas de ocho litros, más las latas y botes de conserva, eran los culpables directos de que su hombro derecho fuera a desaparecer aplastado y los tendones de la muñeca a romperse.

Muchos descansos después, los cuales aprovechaba para comer algo y así renovar energía, la silueta de un pueblo empezó a surgir en el horizonte, recortada en un cielo cada vez más oscuro. El espíritu del prematuro hombre se llenó de brillante esperanza y confortante alivio. Como cada anochecer y amanecer, su cabeza realizó aquel maquinal movimiento, y al contrario que las otras veces, no le afectó tanto no encontrar lo que buscaba. ¡Había llegado a un nuevo pueblo en el que comenzaría de nuevo! Un lugar lleno de posibilidades.

—¿Crees que habrá mucha comida? —le preguntó eufórico a El Espejo mientras avanzaba a medio correr sin percatarse si quiera, como si aquella visión de tejados hubiese enganchado unos hilos invisibles a sus piernas y tiraran de ellas inexorablemente—. ¿Crees que habrá una casa limpia y vacía? Yo creo que sí, que hoy dormiremos sobre un colchón blandito, arropados con sábanas suaves.

Llegar a aquel lugar le había llevado todo el día, pero a él se le antojaban muchos más. El sol abrasador, los constantes parones (a veces demasiado largos), y el horrible momento de la carretilla eran claros alicientes de esa desmesurada impresión. 

En ningún momento se le cruzó por la mente la idea de que hubiera personas allí. En ningún momento se le ocurrió preguntarle a El Espejo si creía que habría gente. Esa opción hacía tiempo que se había extinguido de sus pensamientos, al igual que todo lo relacionado con las sensaciones que un ser humano podía infundir en el corazón y alma de otra persona.

El Espejo era lo único que la psique de este prematuro hombre había decidido concebir finalmente como único y real contacto para él, bloqueando los recuerdos a todo lo demás. ¿Por qué? ¿Tal vez esta intentaba protegerlo? ¿Había establecido su mente una especie de medida de contención para mantener su cordura a ralla?

Una compuerta, eso era lo que había creado en el instante justo en que encontró El Espejo, y la carretilla, objeto que tenía más que ver con su esencia que con las sensaciones, la había fortalecido al estropearse. Si esta compuerta fallaba y se abría, ¿qué sucedería entonces?

—Sabes que me encantaría que vinieras conmigo a explorar todas esas casas —le confesaba el hombre a El Espejo, sin decelerar el ritmo—. Pero pesas mucho, y además… no quiero que veas lo que yo veo dentro de las casas. Eso no debería verlo nadie nunca. Son imágenes que se te clavan en los ojos tan profundamente que no puedes arrancarlas ni siquiera cuando duermes.

El hombre dejó de hablar de una manera tan brusca como había frenado su avance. Los hilos invisibles del pueblo se cortaron. El cuchillo había sido una casa que se alzaba campo a través. Un camino de tierra desdibujado conducía hacia allí directamente. A medio camino, el terreno estaba veteado de unas figuras oscuras que le produjeron un escalofrío. Unos fríos dedos se permitieron el lujo de acariciar su columna vertebral de arriba abajo. Esta desagradable sensación no le disuadió de decidir aproximarse al lugar; por el contrario, incentivó su siempre imprudente curiosidad.

Tras permitirse una última mirada hacia la silueta del pueblo cada vez más grande pero al mismo tiempo menos visible, ya que el lienzo sobre el que se plasmaba oscurecía con rapidez, concluyó que un pequeño retraso no haría que desapareciera.

Cuanto más se acercaba, más definida se iba haciendo la forma de aquellas figuras. La visibilidad disminuía conforme anochecía, pero aún así, era posible distinguir su forma. La idea que empezaba a formarse en la cabeza del hombre no le gustaba nada. El estremecimiento que había sentido a lo lejos, ahora fue mucho más intenso. El temblor se trasladó a las rodillas, y a partir de ahí se convirtieron en agua, sin embargo, continuó acercándose. Dos años atrás, la alarma del nuevo niño lo habría avisado, pero esta alarma hacía tiempo que había perdido fuerza. La curiosidad, el afán por descubrir del hombre siempre había impuesto su poder.

Encorvado sobre sí mismo como un anciano, pasó junto a una de esas horribles figuras. Y efectivamente eran lo que se temía. Desde el principio, su instinto le susurraba fríamente que eran demasiado reales para tratarse de simples espantapájaros. Estos eran una versión actualizada. Una versión que se adaptaba a este mundo.

Eran espantahombres.

Convencido de que estaba solo en el mundo, el hombre echó a correr por el camino para alejarse cuanto antes de aquellos espantosos esqueletos insertados en palos. ¿Cuántos había? Docenas, seguro. Había visto muchos cadáveres, pero nada tan horroroso como eso.

Durante un espantoso momento se le ocurrió que los cadáveres se habían desprendido de sus estacas y lo perseguían. Un terror ilógico que nunca antes lo había afectado.

Cuando ya estaba a unos cinco metros de la puerta de la casa que se alzaba sobre todos esos espantahombres, uno de sus pies tropezó con algo. El hombre perdió el equilibrio al no tener los brazos libres para compensar la inclinación de su cuerpo, y cayó al suelo. Procuró ladearse hacia el lado del saco, para no herir a su amigo. Tuvo éxito, pero aplastó una de las garrafas. La presión del agua hizo saltar el tapón, y la sábana quedó completamente empapada.

De pronto recordó que le perseguían lo esqueletos. Olvidando el percance del agua, giró la cabeza a la velocidad del rayo, dejando escapar un pequeño grito ahogado.

Nada. Lógicamente los cuerpos permanecían en su sitio, pudriéndose y secándose bajo el sol incendiario de los días. Ahora apenas se veían, lo que le tranquilizó.

Desvió su atención a El Espejo, y le preguntó si estaba bien. La ausencia de respuesta para el hombre significaba un «sí».

Una vez en pie, observó el desastre. La sábana, abierta, parecía mostrarle su interior con desprecio, como si le reprochara lo que había hecho. Al hombre no le importo haber perdido un poco de agua. El pueblo estaba ya a la vista, y según el mapa, el río cruzaba por él.

Escudriñando la creciente penumbra, miró a su alrededor tratando de buscar con qué había tropezado. Lo encontró a poca distancia de donde estaba. Una maceta. El hombre se hallaba bajo un armazón de hierros que antaño debía haber sido el soporte ideal para rosales. Macetas sin plantas recorrían la base del túnel. No había resultado herido, pero aún así, la caída pudo haber hecho mucho daño a su amigo, así que, en medio de un repentino acceso de rabia, asestó una patada a la causante del accidente. Luego dio media vuelta y entró en la casa sin ningún tipo de precaución.

La vivienda, tanto por dentro como por fuera, presentaba un aspecto rústico. La fachada estaba construida mediante robustas piedras grises, y el interior ofrecía la parte trasera de estas. Había una chimenea en la amplia habitación a la que daba paso la puerta de entrada. Hacía mucho tiempo que nadie encendía un fuego ahí. El hombre imaginó el destino que habían tenido todas las plantas que habían decorado la casa.

Había tres habitaciones más. Un dormitorio, con un único colchón. Un baño que apestaba, con azulejos llenos de mugre. Y una pequeña cocina. Ahí el olor era todavía más insoportable y se vio obligado a cubrirse de nuevo la nariz y la boca con el pañuelo.

Sus ojos, acostumbrados ya a la creciente oscuridad, vislumbraron algo escrito en la inservible nevera. Las letras no estaban sobre un papel por la misma razón que no había casi nada de madera en la casa. Estaban sobre la superficie misma de la puerta de este, escritas con un bolígrafo. Llevaba tanto tiempo escrito que la tinta no era más que un etéreo vestigio, pero quienquiera que lo escribiera lo debió de hacer imprimiendo mucha fuerza, pues los trazos eran arañazos.

—Ya no puedo más —leyó el hombre con voz de niño—.Vosotros me queréis a mí tanto como yo a vosotros. Pero ahora sois muchos más, y ya no me quedan perdigones. Las sobras ya no sirven de nada. Ya no os asustan. No dejaré que me cojáis vivo. ¿Qué tal sabrá mi carne podrida?

Lo volvió a leer. La letra era clara, no parecía que se hubiera escrito con prisas. Eso le hizo pensar al hombre, dentro del límite de su escasa experiencia, que a pesar de todo, quien lo escribiera estaba tranquilo. ¿Dónde estaría?, se preguntó.

—¿Será uno de esos espantahombres? —dijo mirando a El Espejo—. Seguro que sí.

No podía irse de allí sin buscar comida, aunque por lo que acababa de leer era muy probable que no hubiera nada. En una de las paredes de la cocina se destacaba una puerta plegable a modo de acordeón. No era la primera vez que veía una, por lo que sabía que se trataba de la despensa. Se dirigió hacia ella con cuidado de no tropezar.

El olor al abrirla lo echó para atrás. Aquellas oscuras fauces despedían un hedor conocido pero mucho más desagradable. Supuso que debido al reducido espacio. Antes de que su visión se acostumbrara a la nueva oscuridad del interior de la despensa, el hombre sospechó quién sería el responsable de dicho olor.

—Estábamos equivocados, amigo. No es uno de esos espantahombres.

Podía dar media vuelta e irse de una vez, pero algo que se había impuesto así mismo hacía tiempo era no desaprovechar la oportunidad de encontrar comida.

Sin embargo, la despensa estaba vacía de comida, y a simple vista tampoco percibió la silueta de un cadáver.

Entonces, al introducirse un poco, su frente topó con algo. Un pie esquelético. Instintivamente miró hacia arriba, y allí estaba el dueño de aquel mensaje de la nevera, colgando de lo que, a oídos del hombre, parecía una cuerda. Su frente había provocado un parsimonioso balanceo al ritmo de un espeluznante crujido. Era la primera vez que el hombre presenciaba algo así, y de alguna manera, su mente completó el cuerpo, como si lo estuviera viendo ahí mismo, pese a la oscuridad. Una cuerda tensa hasta su límite. Un extremo atado en un soporte fijo. Otro extremo alrededor de un cuello. Una cara desfigurada…

—¡Nooo! —gritó, y salió corriendo de la casa, tropezando en varias ocasiones y a punto de caer.

Una vez fuera, vomitó la poca comida que había consumido aquel día. Lo hizo sin detenerse ni bajarse el pañuelo. Pringándose la cara, el cuello, el pecho, agarrándose la tripa como si quisiera arrancárselas, abandonó el hatillo empapado, atravesó el camino, recorrió el tramo que le separaba del pueblo, y al fin llegó a su destino. En aquel instante, sus piernas dijeron basta, y lo obligaron a sentarse contra la rueda de un autobús oxidado.  


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