martes, 11 de agosto de 2015

El Espejo (Capítulo 14)

¿Y si fueras el último?


14

La noción del tiempo era algo que después de dos años en un mundo paralizado y en compañía de un espejo, Ayna había perdido casi por completo. No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba caminando; sin embargo, sí sabía que no era mucho, y ya se había visto obligado a detenerse cuatro veces.

Había logrado acumular suficiente comida, más de la que le hubiera entrado en la cesta de la carretilla formando una montón que consiguiera mantenerse en equilibrio, por eso, una vez hubo comprobado aquello, llegó a la conclusión de que era absurdo regresar a la iglesia cada vez que la carretilla se llenaba tras buscar y buscar en las casas y en las escasas tiendas y supermercados.

Estos lugares apenas tenían algo que valiera la pena. En una ocasión pensó en cambiar la carretilla por un carrito, como el que tenían quienes le intentaron convertir en comida, pero precisamente recordar a estas dos personas fue lo que le hizo cambiar de idea. Aunque también era por algo mucho más profundo: había cogido cariño a la carretilla. De algún modo, le ligaba a sus padres, a su vida anterior, y no sentía la necesidad de desprenderse de ella.

La mayor cantidad de comida se encontraba en las viviendas. Para pasar la noche, Ayna elegía una casa que no contuviera cadáveres, y así continúo durante cerca de dos años.

Cuando hubo tachado todas las zonas preestablecidas en el mapa y hubo acabado con las existencias que había ido encontrando, volvió a la iglesia. Ahí le esperaba la comida de reserva para el viaje de cuarenta y dos Kilómetros, y aunque no le gustaba reconocerlo, conforme se acercaba a la gran torre que ascendía en el horizonte, el prematuro hombre de once años experimentaba una ligera angustia que amargaba su boca. ¿Y si la comida no estaba? No obstante, cuando miraba a El Espejo comprendía que eso era imposible, pues solo quedaba él en el mundo, él y El Espejo, claro.           

—Tú sabes que estará ahí, ¿verdad? —le preguntó Ayna en varias ocasiones—. Tú sabes que no la ha podido robar nadie sencillamente porque no hay nadie.

El Espejo, desde la carretilla y siempre por encima de la comida cuando la había, inclinado de modo que el rostro y parte del cuerpo de Ayna quedaba reflejado en su superficie, no le respondía. Nunca lo hacía.

Al principio, durante los dos o tres primeros meses, se sentía un tanto incómodo e irritado por no recibir respuesta, por la inmensa ignorancia de su compañero, pero poco a poco fue acostumbrándose a su silencio, a su paciente contemplación, y empezó a valorarlo, a quererlo como nada en el mundo, ya que toda su atención recaía en él, en Ayna, y no le importaba escucharle durante el tiempo que fuera necesario, en el momento que quisiera. Su deseo por oír otras voces fue desapareciendo paulatinamente, desvaneciéndose como la pintura en los coches.

Su nombre, sin embargo, no se le olvidó en esos dos años. Lo más normal, al no ser pronunciado por nadie, es que hubiera seguido el mismo destino que el de las voces, pero la carretilla, objeto que mantenía el recuerdo de sus padres vivo, impedía que se desvaneciera en los oscuros y remotos rincones de la mente, aquellos llenos de dientes a los que es imposible acceder.   

Pero había algo que Ayna llevaba haciendo desde el primer momento en que se percató de que era el único ser humano vivo, y jamás fallaba. Tal vez fuera ya un mero acto reflejo, sin el significado que le bañaba al principio; tal vez ya no lo hiciera conscientemente, sin embargo, todas las mañanas, cuando salía el sol invisible tras las opacas capas de contaminación, la cabeza de Ayna cumplía su maquinal tarea.

En cuanto el prematuro hombre y El Espejo cruzaron las puertas de la iglesia, una intensa oleada nostálgica golpeó a Ayna, ahogándolo en el recuerdo del viejo cura. Temía que, una vez se fuera de allí, este recuerdo se desvaneciera como había sucedido con muchos otros.

Solo se permitió dirigir una rápida mirada al final del templo, en dirección a la copa de oro con piedras verdes engarzadas y a la puerta de la habitación del anciano. No las vio físicamente, pues como siempre, todas las naves estaban atrapadas en penumbra, pero las imágenes correspondientes se dibujaron en su mente, tan brillantes que casi parecían reales. Cuando sintió una dolorosa presión en el pecho, dio media vuelta y se precipitó al rincón convertido en despensa para la comida de reserva.

Apartó El Espejo, posándolo con cuidado en el suelo, dispuso la comida en la cesta de la carretilla de modo que quedara bien encajada como si fueran las piezas de un puzle, volvió a situar El Espejo sobre todo lo demás con la inclinación justa, y salió de la iglesia para no volver jamás.

Tras las enormes puertas de madera quedaban el cáliz y el viejo cura. Tras las enormes puertas de madera quedaba la primera persona con la que había hablado en mucho tiempo —aparte de sus padres— y la que le infundió esperanza cuando creía haberla perdido.

Con la mochila en la espalda, un sucio pañuelo cubriendo la parte inferior de su sucio rostro y empujando una carretilla entre cadáveres y coches abandonados cada vez más dispersos y escasos, Ayna dejó atrás la ciudad en la que había nacido y crecido hasta convertirse en un hombre de once años. El mundo en el que había nacido le había obligado a saltarse la etapa de la infancia y la adolescencia, e ir directamente a la de la adultez. No tenía barba ni pelos en sus partes, pero había logrado sobrevivir en ese mundo vacío durante dos años. Solo.

Bueno, solo no, pensó.

—Te tengo a ti, ¿verdad? —le preguntó a El Espejo. Y su sonrisa se vislumbró en sus ojos; El Espejo le devolvió esa misma sonrisa—. Claro que sí.

Tuvo que detenerse en cuatro ocasiones. La carretilla pesaba, y cuando llevaba un rato andando, los brazos empezaban a quejarse, transmitiendo su queja a los omoplatos y la espalada. En esos momentos, Ayna se sentaba y contemplaba el horizonte, cuya línea estaba formada por una infinita extensión de campo amarillo, una pequeña franja de pavimento rajado y al rojo vivo, y más campo amarillo. Por encima de ello, el mismo cielo enfermizo de siempre.

Hacía un buen rato que había pasado junto al lugar en el que Ayna se disponía a pasar la noche cuando vio la hoguera de aquel hombre y aquella mujer cuyos nombres ya no recordaba. ¿Por qué ya no los recordaba?, se preguntó. Quizá su mente sacó sus dientes del olvido y los trituró para que el hombre no volviera a revivir aquellos horribles momentos.

Reanudó la marcha tras su cuarta parada para descansar, y unos minutos después, empezó a escuchar algo, un susurro incesante. Aguzó el oído, pero la rueda de la carretilla chirriaba, así que se detuvo de nuevo, posando las patas en el pavimento.

No tardó en descubrir cuál era la fuente de aquel susurro, y en cuanto lo hizo, se percató del tremendo calor que tenía. No había dejado de sentirlo, siempre había estado ahí, tanto por encima de él como por debajo —los pies le ardían como fuego puro— pero ahora era más real.
Sudaba. No le caía a chorros, ya que no estaba muy delgado, pero sí que gotas de sudor le perlaban la frente y la ropa se le adhería al cuerpo como si quisiera fundirse con la piel.

No lo dudó. Miró a El Espejo, y contempló su gesto de asentimiento. Los ojos volvieron a sonreír.

Continuó por la carretera hasta que llegó al lugar. La extensión de plantas secas y tierra del campo se interrumpía en un barranco que volvía a alzarse unos tres metros más allá. En el centro, el agua del río susurraba en su implacable avance. A los lados del tramo de carretera que había justo encima del río, había vallas que una vez debieron ser rosas. Algún que otro vestigio descascarillado lo delataban.

Ayna portaba dos garrafas de agua de ocho litros, aún así, no pudo evitar que la boca se le secara de golpe y que el calor se intensificara. Desvió su rumbo para adentrarse en el río, dejando la carretilla sobre el ardiente pavimento.

Bajó el barranco conforme se desprendía del pañuelo —allí el olor no era tan malo, ya que no había cadáveres—, de la camiseta de mangas cortas, de las zapatillas de suelas medio derretidas y de los pantalones cortos. Los calcetines se los dejó puestos, de ese modo mantendría los pies fresquitos cuando reiniciara la marcha.

El agua le recibió con un frío abrazo. ¿Por qué no lo había hecho antes, cuando acudía a por agua en la ciudad? Decidió preguntárselo a El Espejo. Y entonces se percató de que lo había dejado solo ahí arriba.

—¡Eh, ven aquí! —le gritó antes de sumergir la cabeza y beber agua al tiempo que se refrescaba. Emergió esperando verlo bajar el barranco, pero no le había hecho caso, o no lo había oído. Iría a por él.

Ascendió el barranco, se aproximó a la carretilla dando saltitos, pues aunque tuviera los pies empapados el calor del suelo lograba filtrarse hasta su piel, y cogió con cuidado a El Espejo.

—¿Por qué no has venido? Vamos.

Los pies se escurrieron varias veces en el descenso, cayendo de culo contra el terreno en más de una ocasión, lo que tanto a Ayna como a El Espejo les arrancaba una sonora carcajada. Hacía tiempo que no se sentía tan feliz.

Sin soltar a su compañero, Ayna se sentó en el lecho del río, procurando que el agua le cubriera hasta la barbilla. Ahí sentado, examinó a El Espejo, el cual descansaba sobre la parte superior de sus muslos, con el cristal ligeramente inclinado hacia arriba.

Debía medir la mitad que el prematuro hombre, más o menos. El marco era de algún tipo de metal, bañado en un color que imitaba al oro. A diferencia que en muchos otros sitios, este color aún perduraba. Estaba tallado en espiral. El cristal estaba intacto, reflejaba todo con una claridad abrumadora, con la claridad de los ojos de un inocente niño. Mirando a través de él, parecía que todo iba bien, parecía que el mundo seguía siendo el mismo de antes, parecía que Ayna no estaba solo.

Ayna observó el rostro de su compañero con detenimiento. Una cara alargada, con pómulos marcados, mejillas y ojos hundidos, piel manchada por el sol y cabello largo, que descansaba en unos hombros afilados. No sabría expresarlo con exactitud, pero los ojos que le devolvían la mirada eran inteligentes y al mismo tiempo tristes. En un principio, naturalmente, sabía que ese rostro era el suyo propio, pero poco a poco, al tiempo que los recuerdos iban desintegrándose, su cordura, su percepción de la realidad, fue cambiando, y su mente fue dando a ese reflejo una naturaleza diferente. Poco a poco, la persona que reflejaba el cristal del espejo fue convirtiéndose para Ayna en El Espejo, un ser aparte, un ser independiente de Ayna. Una persona física, extremadamente paciente y sumisa.

—¿Estás fresquito? —le preguntó con voz adormilada. El susurro del agua, el frescor, la intensa concentración en el rostro de su compañero, lo habían inducido a un estado hipnótico.

Los párpados decidieron rendirse a toda esa agradable calma. Comenzaron a cerrarse, pero entonces, algo estalló por encima de El Espejo y Ayna, y este dio un brinco sobresaltado.

Había sido un sonido seco, sin eco, pero potente. Como el resoplido de un gigante.

Chorreando agua por todas las partes de su cuerpo, con los dedos agarrotados alrededor del marco de El Espejo, Ayna salió del río y corrió barranco arriba.

Lo que vio al llegar a la cima, en medio de la carretera, frenó los latidos de su corazón en seco, aplastó su alma contra el suelo y por poco le hizo aflojar los dedos y soltar a su compañero.

Ayna cayó de rodillas sin poder evitarlo.

No podía ser posible. ¡No podía ser! ¿Por qué?

—¡¿Por qué?! —exclamó con lágrimas en los ojos, buscando desesperadamente una respuesta en El Espejo.

Este no le contestó. 


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