viernes, 24 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 13)

¿Y si fueras el último?


13

Ayna caminaba en busca de comida bajo aquel cielo enfermizo y amarillo.

Habían pasado cuatro semanas, cuatro semanas en las que se había dedicado —naturalmente— a sobrevivir evitando morir de hambre o sed.

Cuando se despertó al día siguiente tras haberse quedado dormido sobre el banco de la iglesia, decidió establecer un plan.

La luz que entraba por los ventanales de la iglesia no ofrecía mucha visibilidad, ya que si a los colores de las vidrieras se les sumaba la mugre de estas, la iluminación se reducía a una pobre luz grisácea. De modo que Ayna abrió una de las puertas con cautela, observando el exterior, y se situó en el umbral conforme extraía el mapa de la mochila.

Haciendo un esfuerzo inmenso, pues no entendía muy bien los mapas, identificó el templo. Una pequeña cruz rodeada de una maraña de líneas y formas geométricas. Sintió un ligero vahído al percatarse de que el lugar en el que estaba era tan solo una pequeña parte de un conjunto de ciudades y pueblos. La pequeña ciudad en la que se hallaba estaba al sur de la enorme capital, la cual ocupaba el centro del mapa y llegaba casi a los extremos laterales de este. Ayna, por el momento, se concentró en su situación.

Volvió a fijar los ojos en la cruz. Después buscó la localidad más cercana. La halló unos centímetros al nordeste, unida por una línea de cierto grosor y de color negro: la carretera por la que él había caminado al volver de casa de Nando y Mila. Sobre esta, en números diminutos, marcaba la distancia real que había desde la ciudad del chico hasta ese pequeño pueblo. Cuarenta y dos kilómetros. Ese dato insufló en Ayna una agradable esperanza. Se trataba de una distancia que creía posible recorrer sin llegar a acabar con sus existencias, siempre y cuando empezara la marcha bien provisto de ellas.

No obstante, el pánico aprisionó su corazón, haciendo retroceder a la esperanza como un animal asustado cuando observó que no había ninguna otra ciudad o pueblo a una distancia segura de aquella otra localidad.

«No es momento de pensar en eso».

El niño nuevo tenía razón. Ahora era momento de pensar en cómo distribuir la comida. No se iría de esta ciudad hasta que pensara que no quedaba más comida en ninguna de las casas, y mientras tanto, un rincón oscuro de la iglesia le serviría de despensa. Allí amontonaría comida de reserva para el viaje de cuarenta y dos kilómetros.

Guardó el mapa en la mochila y comprobó el contenido de la carretilla, junto a la puerta. Contenía todas y cada una de las cosas con las que se había hecho en su casa. Habría comida para unos días, no obstante, decidió que debía empezar a separar la reserva del viaje.

Fue dividiendo todo (botes de judías, garbanzos, espárragos, latas de sardinas, latas de caballa, garrafas de agua, etc.) en dos grupos. Uno lo dejaba en la cesta de la carretilla; el otro en el suelo. Cuando creyó que el reparto era justo, echó un vistazo al grupo destinado al viaje.

De media habría unas tres latas de cada alimento, y solo una garrafa de agua. Puesto que la división había sido la mitad, en el suelo había lo mismo. No era mucho, pero seguro que encontraría más dentro de las casas y en el supermercado.

Empujó la carretilla en paralelo a la pared de la puerta hasta el rincón de una nave lateral, y allí, bajo una pequeña hornacina en cuyo interior probablemente hubo una figura, depositó el contenido de la cesta. Los botes de cristal los colocó dentro de la hornacina, de modo que no podría darles una patada sin querer cuando se acercara en la penumbra.

Regresó a la puerta con la carretilla y recogió el resto de la comida y la garrafa. Luego salió al sofocante calor. Miró al cielo, esperando ver aunque fuera un puntito azul. Nada. El obstinado cielo se negaba a abrirse. La contaminación que lo velaba era inexorable.

Desenrolló el pañuelo de la mano herida. Era un pequeño corte, sin embargo presentaba un aspecto repugnante: el borde estaba negro y moteado de puntitos blancos. Debía curárselo, pero no  tenía desinfectante. Ayna se arrepintió de pronto de no haberse acordado del botiquín antes de salir de la casa que ya no era su casa.

Miró al otro lado de la calle. Una fila de viviendas de dos pisos la recorrían. Iría a buscar un botiquín, pero antes se echaría un poco de agua de la garrafa y se lo vendaría de nuevo.

Encontró agua oxigenada en la primera casa que entró. Era grande, por lo que se dirigió directamente al cuarto de baño, y ahí estaba. Se lo curó y ya que estaba allí, antes de marcharse, buscó comida. Solo encontró una lata de conserva con una raja en la tapadera. El olor que despedía era insoportable, así que lo arrojó y salió de la casa.

Cuatro semanas después, la herida de la mano había curado completamente, y Ayna había entrado en todas las casas que rodeaban la iglesia en un radio de unos dos kilómetros. También había hecho varios viajes hasta el crecido río de la ciudad. Esa zona la tachó en el mapa con un lápiz que encontró en una de las viviendas.

Siempre llevaba a cabo la operación con mucho cuidado, vigilando constantemente, a pesar de ser consciente de lo inútil que era, pues no quedaría nadie vivo excepto él. Hacía tiempo que había dejado de temer a las personas que ya no eran personas. Aún así, siempre estaba alerta.

No había hallado mucha comida; ni siquiera en el pequeño supermercado del cual vio salir a Nando y Mila creyendo que eran padre e hijo. La mayoría de las casas estaban vacías, y la escasez de alimento no era lo peor. En casi todas, había una familia muerta, tumbados en la cama fundidos en un abrazo eterno, o en el sillón. Ayna retiraba la mirada de inmediato y se pinzaba la nariz a pesar de llevar puesto el pañuelo.

En la calle, los cuerpos cada vez dejaban ver más el esqueleto, como si este quisiera cobrar más protagonismo cada día. Ayna siempre evitaba mirar, pero para no pisarlos tenía que hacerlo. Pisarlos era peor que verlos.

No obstante, consiguió abastecer un poco más la reserva del viaje y sobrevivir él al mismo tiempo haciendo dos comidas al día, dos comidas muy ligeras que le dejaban con hambre. Consternado, el muchacho pensó que a partir de ahora siempre tendría que ser así. ¿Podía uno acostumbrarse a tener hambre hasta tal punto de no sufrirlo? Imaginó que sí; ya nada le resultaba imposible.

Ahora arrastraba los pies y empujaba la carretilla, alejándose de la iglesia más allá de esos dos kilómetros. El rincón del templo seguiría siendo su despensa, pero no volvería cada vez que se hiciera de noche a menos que la cesta de la carretilla estuviera hasta el límite de su capacidad, de modo que dormiría en alguna casa que estuviera vacía si no llegaba a llenarla ese día.

Se disponía a comprobar si la puerta de una casa estaba abierta, cuando percibió un movimiento por el rabillo del ojo al otro lado de la acera. Con el corazón en un sucio puño, permaneció inmóvil, tratando de atisbar de nuevo el movimiento. Había venido de la ventana de la casa de enfrente. El cristal estaba roto y el interior en penumbras, pero sabía que aquello que había visto procedía de allí.

Tratando de calmarse, respiró hondo… y volvió a ver algo. Se puso nervioso. ¿Había alguien en la casa? De pronto, el mes que había estado solo, el mes que había estado sin hablar, sin nadie con quien compartir los días, cayó sobre su espíritu como si le hubiesen golpeado con una fuerza desmesurada. Una dolorosa luz estalló en su interior, e iluminó sentimientos que durante ese periodo de tiempo debieron estar escondidos con el fin de proteger a su anfitrión. Soledad, consternación y miedo por desconocer lo que le esperaba en el futuro, traicionaron a su estado de alerta, debilitándolo, y como etéreos titiriteros, comenzaron a mover las piernas de Ayna hacia aquella ventana, olvidando la carretilla.

El segundo movimiento le convenció de que había alguien en medio de la oscuridad, alguien que no dejaba de moverse. ¿Estaría viéndole a él? ¿Estaría también nervioso?

En esta ocasión, al igual que cuando se encontró con Nando y Mila, el nuevo niño le advirtió de que no debía acercarse a las personas, pero al contrario que aquella vez, Ayna era consciente de ello; no obstante, no le hacía caso. Deseaba fervientemente ver a otra persona, deseaba oír su voz, así como la suya propia dirigiéndose a alguien.

Caminaba como hipnotizado, y cuando subió la acera, se dirigió a la puerta de la casa de un solo piso. Estaba abierta, así que empujó ansioso la hoja con la yema de los dedos.

«¿Habrá entrado buscando comida como yo? —se preguntó—. ¿Estará solo? ¿Será un niño? ¿Qué tono tendrá su voz?»

El hedor a descomposición le golpeó la nariz y empezó a respirar por la boca, cada vez más nervioso conforme enfilaba el pasillo repleto de sombras, mirando en cada habitación. Era tal el silencio, que Ayna podía escuchar los latidos acelerados de su corazón. Se preguntó si podría escuchar los latidos del corazón de la otra persona si aguzaba el oído lo suficiente.

Pronto llegó a la ventana rota, que no pertenecía a una habitación, sino al pasillo. En la pared opuesta, frente a ella, se alzaba una puerta entreabierta. Ese era el cuarto de donde venía el movimiento.

—¿Hola? —saludó Ayna mientras empujaba la puerta, ignorando un potente grito del nuevo niño que le decía que se detuviera de inmediato.

Dio un paso y cruzó el umbral. Estaba muy oscuro. Las cortinas se hallaban recogidas, pero la persiana estaba bajada. Delgados cilindros de luz se filtraban por los agujeros y se posaban en el suelo oblicuamente, a unos metros de Ayna. Por todo el cuarto había sombras y figuras oscuras, pero el chico se fijó en la del fondo. 

—Me llamo Ayna.

La sombra del otro extremo, al otro lado de los rayos de luz en los que flotaban motas de polvo, no paraba de moverse mientras él avanzaba.

—¿Quién eres? No me tengas mie…

La sombra desapareció. En cuanto Ayna atravesó los rayos de la persiana, aquel individuo se esfumó. Pero ¿cómo? ¿Se había deslizado hacia un lado?

Ayna frenó en seco. Se le encogió el estómago. La boca se le secó. No había caído presa del pánico por el hecho de ser consciente de pronto de aquella descabellada  imprudencia, sino por el temor de que quien quiera que estuviera allí saliera corriendo y se escondiera en un sitio en el que jamás le encontraría. 

No se lo pensó dos veces. Se precipitó con dos largas zancadas hasta la ventana, tanteó lo laterales, se hizo con la cuerda, y alzó la persiana. La estancia se iluminó con un intenso fogonazo que le cegó unos instantes. Cuando se recuperó, giró la cabeza hacia la pared del fondo, y vio al fin a la persona que se ocultaba allí.

Era él mismo. Ayna. Todo el tiempo había sido él.

Se acercó con el ceño fruncido, lentamente. Estaba atónito. Extendió un brazo, y deslizó los dedos por la suave superficie del espejo. Tenía una delgada capa de polvo, pero no eliminaba el reflejo por completo.

Ayna se miró a sí mismo, a sus ojos negros a través del límpido surco despejado por sus dedos. Por primera vez en un mes estaba frente a un ser humano. Sabía que era él mismo, sabía lo que era un espejo, naturalmente, pero era lo más parecido a otra persona con lo que se había topado en todo ese solitario periodo de tiempo.

En las demás casas también había espejos, sin embargo nos les prestaba atención; entraba con un único objetivo, el de proveerse, y además ansioso por salir lo antes posible por los cadáveres. Pero las circunstancias que le habían llevado a ese habían sido distintas. La ilusión, la esperanza, la intensa sensación de compañía habían aflorado de nuevo en el chico, y le habían hecho ver su reflejo de otro modo. Ahora se sentía bien, se sentía como cuando encontró al viejo cura y a Nando y Mila, y eso era más que suficiente para tomar una decisión.

Jamás se separaría de ese espejo. 



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