domingo, 19 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 12)

¿Y si fueras el último?


12

Estaba muerto.

La esperanza reflejada en su rostro se rompió en mil pedazos, como el cráneo al pisarlo, mil pedazos que se le clavaron en el corazón. No lloró. Agarró la sábana y le cubrió por completo. Después salió de la habitación.

Lo que había impedido que sacara el mapa de la mochila para tratar de orientarse y ver si había alguna otra ciudad o pueblo cerca, lo que le había dado esperanzas y hecho olvidar la horrible situación de la que acababa de escapar, había sido distinguir en el horizonte un rectángulo acabado en una cruz recortado contra el velado cielo. De inmediato supo que debía regresar con el viejo cura y quedarse junto a él. Era la única persona que le quedaba, la única buena que conocía, y allí dentro estaría seguro. Era un lugar oscuro y grande, un lugar en el que sería difícil encontrarle si las personas que ya no eran personas irrumpían en él. De modo que anduvo durante unas horas, mientras el día se oscurecía y la temperatura bajaba.

La carretilla pesaba, y los brazos protestaron, pero él no se detuvo, siguió y siguió caminando entre coches oxidados y algún que otro cadáver que evitaba mirar hasta que llegó a las enormes puertas de madera. Para entonces el cielo había adoptado un tono púrpura grisáceo, el color de los labios en una persona muerta.

Empujó una de las hojas y se introdujo en el interior. Tras dejar la carretilla a un lado, avanzó por la nave central.

Aún había suficiente luz como para ver a unos diez metros, así que no tuvo dificultad en alcanzar la habitación del hombre.

Cruzó el umbral decidido, sonriendo. Se acercó a la cama con entusiasmo. Empezaba a formar la palabra «Hola» en su boca, cuando se percató de que algo iba mal.

El anciano tenía los ojos abiertos, sí, pero no los había girado al entrar Ayna en la estancia. Encima de la cabecera de la cama no colgaba una cruz con Cristo crucificado, sino una pequeña ventana a través de la cual se colaba un pálido charco de luz que caía justo encima del rostro del hombre e iluminaba, como por despecho, el resto de la habitación, como queriendo decir que lo único importante ahí era aquel viejo cura. De modo que Ayna no se explicaba por qué el anciano no le había mirado si la luz también le bañaba a él, por no mencionar el ruido. ¿Qué le ocurría?, se preguntó. ¿Tampoco le había oído?

Se aproximó con paso vacilante, menos decidido que el de hacía unos minutos, e inclinó su cabeza sobre la del hombre. Nada. Los ojos no se movían, ni siquiera parpadeaban. Parecían congelados en una expresión de sorpresa. Con un ligero temblor, el chico posó una mano sobre el escuálido pecho. No encontró el latido del corazón. Ayna comenzaba a ser consciente de la horrible verdad, aún así, se destapó la nariz y aspiró fuerte. Un ligero hedor familiar se filtró por los orificios de una nariz que empezaba a acostumbrarse al olor de la muerte.

«¿Qué más pruebas necesitas?», le preguntó el nuevo niño.

Ayna concluyó que ninguna más. Logró controlar el espasmo de su pecho que a la vez envió señales a sus ojos. Nada de llorar. Como decidió el día que lloró por sus padres, no podía permitirse mostrarse débil. Esta convicción no solo había temblado el día que se topó con Nando y Mila, sino que falló por completo. Pero aquella sería la última vez. Jamás volvería a ocurrir.

Alargó una mano hacia los ojos abiertos del cura y bajó los párpados con delicadeza. Luego estiró la roída sábana y le enterró con ella.

Ahora, escrutando la creciente oscuridad, buscó la silueta de uno de los bancos de madera casi podrida de la iglesia y se sentó. Permaneció unos segundos contemplando la figura negra que sobresalía de la mesa frente a él. La débil luz que se filtraba por los enormes ventanales aún lograba arrancar destellos a las piedras engarzadas en la copa. No se percibía el color verde de estas, pero sí se distinguía del resto por los puntitos procedentes del brillo.

«¿Eres creyente, chico? ¿O un ladrón?». Se sobresaltó al oír aquello. Parecía haberlo oído a escasos centímetros de sus oídos, incluso creía haber sentido una presencia desde lo más profundo de su alma. Sin embargo eso era imposible. Trató de calmarse.

Esas fueron las primeras palabras que el anciano cura le dirigió, justo en el instante en que alargaba la mano para contemplar desde más cerca aquella copa preciosa. Lo que más le llamó la atención de esta fue el color verde tan vivo, tan fuera de lugar en ese mundo de colores enfermizos. Al igual que el azul, el verde era otra gama perdida.

Ayna desvió la mirada hacia la puerta cerrada del cuarto del cura, y recordó otra cosa que este le había dicho.

«Quizás no sea el fin de la humanidad, que queden unos pocos, pero el tiempo se ha terminado ya, eso seguro.» En esta ocasión no sintió la presencia, y se sorprendió deseando sentirla de nuevo.

Esas contundentes palabras trasladaron sus pensamientos hacia sus padres, hacia Nando y Mila, y también hacia el anciano. Todos los que había a su alrededor acababan muriendo tarde o temprano. La razón se la había dado Nando. Había mentido sobre muchas cosas, pero sobre eso no, Ayna estaba seguro; si no, ¿por qué él, Ayna, no estaba enfermo? Pensó en todos ellos y una certeza escalofriante, una certeza que ya había acudido a su mente antes se formó en su cerebro.

«No solo el tiempo se ha terminado ya», se dijo. Y luego, en un susurro que pareció impactar con la oscuridad total que había conquistado finalmente el templo:

—También es el fin de la humanidad.

Unos dedos helados recorrieron su columna vertebral con descarada lentitud. Se quitó la mochila y la colocó a un lado. Le dio unos golpecitos y a continuación se tumbó, con la cabeza sobre ella.

—Ya no queda nadie, seguro. Solo yo —siguió diciendo adormecido.

Hablaba tan bajo, que su voz no llegaba a reverberar. O tal vez la espesa negrura no dejara que las palabras avanzaran, dotando al sonido de una naturaleza insólita, como algo fuera de lugar en su soledad.

—Solo yo. 



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