viernes, 10 de julio de 2015

El Espejo (Capítulo 10)

¿Y si fueras el último?


10

—¿Yo? —Había entendido bien, pero necesitaba ganar tiempo.

Lejos de paralizarle de nuevo, aquella confesión de Nando —que en parte esperaba—, inyectó en los músculos del nuevo niño una intensa dosis de adrenalina. Se trataba de ese recién adquirido instinto de supervivencia que se activó tras ser consciente de la muerte de sus padres. La mente se le aclaró, el miedo quedó en segundo plano, y fijó la mirada en su única oportunidad de escapar.

—¿Ves todos esos montones de huesos? —Nando dio un paso hacia él—. ¿Y todas esas bridas rotas? Estás en nuestra despensa, Ayna.

Ayna, sentado en el suelo y sin quitar ojo de su arma, extendió una pierna, arrastrándola por el suelo.

—¿Y por qué guardáis los huesos con… la comida? —Era una pregunta horrorosa, pero tenía que distraer su atención.

—Por cautela, chico, por eso. —Guardó silencio, y cuando volvió a hablar, su voz adoptó el balbuceo del sollozo; Ayna aprovechó ese cambio emocional para impulsar su trasero con el pie de la pierna recién extendida—. Fue idea de Mila. Como casi todo. Antes de que la enfermedad se hiciera con ella, no era lo que se dice la mujer más avispada del mundo, pero después… después fue como si el cáncer encendiera una vela en su interior, una vela que iluminó su mente. Es lo que te digo, Ayna: las personas fuertes y su instinto de supervivencia, ¿lo entiendes?

Nando dio otro paso hacia él, haciendo estallar una de las bridas. El sonido resonó en la oscura habitación. Los separaba unos diez metros, y entre ellos se encontraba lo único que ocupaba toda la atención del chico.

Ayna alargó de nuevo la pierna, muy lentamente.

—«No queremos alejar a la gente», dijo ella, mientras yo me disponía a sacar al patio los restos de nuestra primera buena comida. «Si desperdigamos los huesos por el patio, incluso si los quemamos, puesto que dejaría marca, estaríamos invitando a las personas a que se alejen de la casa. Estaríamos diciéndoles: “Eh, entrad y convertíos en el menú del día”». —La última palabra acabó en una carcajada amarga, melancólica, que se convirtió en tos y le obligó a encorvarse sobre su estómago. Ayna vio entonces el momento de realizar un último impulso y así lo hizo. Al mismo tiempo, alargó su brazo izquierdo y cerró la mano sobre uno de los pedazos de cráneo que salieron disparados cuando lo pisó; luego, como un muelle, regresó a la posición de antes, unos metros atrás. El hombre no vio nada—. Lo más prudente y sencillo era esconderlos aquí —concluyó Nando con un tono más serio al terminar de toser.

Nando dio otros dos pasos y la tos volvió a atacarle. Ayna, sintiendo un dolor agudo en la palma de la mano en la que aferraba el hueso —debió de cortarse con el afilado borde de este—, hizo ademán de ponerse en pie para después lanzarse sobre él, pero la tos se rindió enseguida, y el hombre alzó la cabeza hasta fijarla en la dirección del chico. Apenas veía sus ojos. Gracias a la escasa luz de la ventana vislumbraba dos diminutos y turbios puntitos grises, pero nada más. Era imposible leerlos.

Tres nuevos estallidos resonaron entre las cuatro paredes y salieron por la puerta. Tres pasos más. Tres pasos más que reducían la distancia entre ambos.

—¿Oyes estos chasquidos? Me encantan, y a Mila también le encantaban. —Esta vez, al hablar de su mujer, la voz no se quebró. Pisó una brida a propósito—. ¿A ti no? ¿Sabes? Cuando nos acostábamos, en el silencio de la noche, no se oía nada, salvo ¿sabes qué? Eso es. Estos estallidos —Empezó a pisar y pisar, sin avanzar del sitio, produciendo una discordante melodía—. Y nos ayudaban a dormir. Dormíamos como debían de dormir las personas que vivieron en el mundo antes que este. Porque nos recordaba que al día siguiente, podríamos disfrutar de una buena comida. Lo peor eran los golpes de la puerta, pero si en el interior había más de una persona, solo teníamos que decirles que si abríamos la puerta y le veíamos haciéndolo, sería el siguiente. Si solo había uno, le amenazábamos con cortarle los brazos. Una tontería porque al final se los cortaríamos igual. —Parecía que iba reírse, sin embargo, debió pensarlo mejor intuyendo que los pulmones protestarían.

Finalmente, anduvo renqueante los pocos metros que le separaban de Ayna, sentado en el suelo, mirando hacia arriba con la cabeza casi en perpendicular con el cuello, la mano sangrando alrededor del pedazo de cráneo, y el corazón martilleándole no solo en el pecho, sino también en las sienes, como nunca antes lo había hecho. Pero por suerte para él, la adrenalina seguía en su cuerpo, una adrenalina que le impedía entrar en estado de pánico.

—Te preguntarás por qué no te hemos atado. —Algo cayó en la frente de Ayna, un líquido. ¿Saliva?—. La respuesta no es complicada.

Ayna inhaló aire con la nariz y apoyó las manos contra el frío suelo.

—No nos quedan bridas. Además, seamos realistas: mira que bracitos tien…

Ayna expulsó el aire y se levantó de un salto, echó el brazo armado hacia atrás y con todas sus fuerzas trazó un arco horizontal en la oscuridad. Sintió con nitidez cómo la punta del hueso se clavaba en la mejilla del hombre y cómo desgarraba la piel al deslizarlo por ella. A continuación, al tiempo que Nando empezaba a gritar, soltó el pedazo de cráneo, y salió corriendo con los ojos fijos en el resplandor blanco y rectangular de la puerta. No debía estar a menos de quince metros, pero le pareció que no llegaría nunca, hasta que sintió un cambió en el aire y frenó.

Giró sobre sus talones y agarró la puerta en el preciso instante en que los gemidos de Nando casi le rozaban la nuca. Antes de cerrar la puerta con un rápido movimiento, vio lo que le había hecho en la cara. Una espeluznante raja se había abierto en la mejilla, convirtiéndose en un amasijo rojo de sangre por el cual se entreveía la única muela que tenía y parte del colmillo. La imagen le horrorizó, pero por suerte no duró mucho.

De inmediato, Nando empezó a dar puñetazos a la hoja de la puerta. Ayna colocó la espalada contra esta con tanta fuerza como si quisiera atravesarla. Entonces, por encima de los golpes y gritos, escuchó un leve tintineo metálico. Buscó la fuente y la encontró. Nando había dejado la llave en la cerradura. Con la mano ensangrentada, hizo girar la llave y el chasquido de la cerradura fue lo que provocó que sus piernas flaquearan y cayera al suelo temblando.


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