jueves, 11 de junio de 2015

El Espejo (Capítulo 9)

¿Y si fueras el último?


9

Un grito. Eso fue lo que le despertó. Un alarido ronco y profundo que le hizo estremecerse hasta tal punto, que sus dientes entrechocaron.

En primer lugar, sus ojos se abrieron, sobresaltados. Entre la niebla que sigue al despertar, el grito era solo eso, un horrible sonido inarticulado, pero luego se incorporó exaltado por la oscuridad y la extrema desorientación, y un nuevo aullido atravesó la negrura para filtrarse en sus oídos, lo cuales, al igual que el resto de los sentidos, habían disipado la niebla onírica. Ahora percibía un «¡NOOOO!» desgarrador. Y sabía a quién pertenecía la voz. No era difícil para alguien que solo había escuchado prácticamente la de cuatro personas.

De pronto recordó al viejo y moribundo cura, el cual había quedado relegado a un segundo o tercer plano durante la historia de Nando.

«Quizás tú encuentres a alguien con quien hablar por las noches…»

Sí, había encontrado a alguien, y ese alguien era Nando y su mujer, aunque bueno, Mila no habló nada, solo se limitó a mirarle con una inquietante constancia.

«Una inquietante constancia que te obligaba a retirar la mirada. ¿Por qué?»

Como un destello, potente y cegador, esas palabras estallaron en su mente. ¿Quién las había pronunciado?, le resultaba tan familiar…

De nuevo el grito le devolvió a la realidad, pero ¿a qué realidad? ¿Dónde estaba? Aquello no era el bosque. Estaba rodeado de oscuridad, sin embargo no era total: el lugar en el que estaba —que no era el exterior porque el suelo estaba muy duro y raspaba— se hallaba en una ligera penumbra. La fuente la detectó al mirar hacia arriba, todavía sentado con las manos apoyadas en el pegajoso piso. A unos metros sobre su cabeza, se adivinaban manchas blancas de luz: una ventana. Una ventana tan sucia que apenas iluminaba la estancia. Ayna solo veía a unos centímetros de su posición.

Pero Ayna no se preocupó de momento por aquel cambio de lugar; además, imaginaba que estaba en una de las habitaciones de la casa a la que se dirigían Mila y Nando.

Nando, él estaba sufriendo por algo. Nando, el hombre que le había hecho compañía antes de dormirse, que le había revelado toda la verdad, incluso quién era él, algo que todavía el antiguo niño no había abarcado con todo su inmenso y desolado significado. Nando, el hombre con el que se había sentido a salvo tras la muerte de sus padres. Así que debía averiguar qué le ocurría. Eso le preocupaba aún más.

Se puso en pie totalmente descansado aunque con un breve acceso de mareo debido al hambre y al hecho de estar en un sitio con poca visibilidad repleto de incertidumbre, en el que las distancias podían ser enormes o diminutas. La única referencia que tenía para orientarse era la pared de la ventana, por lo que se acercó a ella con sumo cuidado y cuando sus dedos chocaron contra está, empezó a avanzar hacia adelante. Ni siquiera sabía si la puerta estaba en esa dirección, pero por algún sitio había que empezar a buscar. Esta acción le recordó a una historia de terror de uno de sus libros, una historia sobre un hombre juzgado y torturado, encerrado en un oscuro cuarto en cuyo suelo había un pozo por el que podía caer. El recuerdo le produjo un escalofrío demasiado real, y lo alejó de su mente, repitiéndose que solo era un cuento.

La pared era lisa y fría, y parecía no acabar nunca. Ya había pasado por debajo de la ventana y cuanto más se alejaba de ella, menos luz había. Además, Nando ya no gritaba. ¿Le habría pasado algo? Una sensación de asfixia invadió sus nervios, y trató de calmarse. Al hacerlo, aumentó su respiración, y percibió el olor de aquella habitación. Era increíble que no se hubiese percatado antes. Aunque tal vez no era tan increíble. El hedor, no olor, era muy vago, como un vestigio de uno mucho más intenso. El único que llegaba a los orificios de la nariz con claridad era el de tierra y moho, sin embargo, había otro, débil, mucho más rancio y nauseabundo, como a podrido, o para ser más precisos, como olía Nando y sus padres.

En ningún momento detuvo su avance por la oscuridad, guiándose por la pared, lento e intentando escrutar la penumbra. De repente, la puntera de su pie derecho chocó con algo que, según dedujo Ayna por el sonido, salió rodando de forma entrecortada. Sonó hueco y seco en el pesado aire de la estancia. ¿Qué era eso?, se pregunto, pero decidió continuar andando con el fin de que sus dedos tocasen algo distinto a la lisa pared que empezaba a ponerlo nervioso.

Unos pasos más adelante, algo estalló, fue un leve chasquido, como el que se haría con la lengua aplicada al paladar. Inmediatamente, Ayna comprendió que venía de abajo, de algo que había pisado, y puesto que temía agacharse y buscar a tientas qué era, continuó sin detenerse nada más que en el sobresalto que produjo el inesperado chasquido. Pero al posar el pie de nuevo en el suelo, otra vez sonó, y en esta ocasión lo sintió bajo el pie.

Ayna frenó en seco. ¿Qué había en el suelo? Como anteriormente, la intensa curiosidad del chico venció a otro sentimiento. El miedo fue apartado por la diosa curiosidad, así que se disponía a agacharse cuando escuchó algo. Fuera de la habitación en la que se encontraba. Eran pasos, arrastrados y espaciados; y algo más: sollozos. No había duda de que se trataba de Nando, y ¡estaba llorando! ¿Por qué? ¿Y esos gritos?

Olvidándose de los chasquidos bajo sus pies recordó por qué había decidido buscar la puerta, y se irguió de nuevo, para reanudar su marcha a ciegas.

Entre estallidos, las yemas de los dedos de su mano izquierda superaron un pequeño resalto y tocaron algo más áspero y ligero.

—¡La puerta! —corroboró en voz alta sin darse cuenta.

Con el corazón acelerado, perdiendo ese mareo de desorientación, buscó con las dos manos el picaporte mientras fuera, los pasos se oían más cercanos.

—¡Nando, ya voy! —gritó.

Sus manos dieron con algo de metal que sobresalía de la hoja de la puerta. Solo podía ser el pomo, redondo como una bola de billar. Lo giró…, pero no rodó. Volvió a intentarlo. Nada. No giraba, estaba bloqueado. Entonces, un miedo irracional se introdujo por los poros de la piel de Ayna, alzándole el bello de la nuca y los brazos, apoderándose de sus nervios que comenzaron a agitarse. El miedo, como un bicho negro, se posó en su corazón al tiempo que algo en el interior de su mente empezaba a ascender hacia la luz.

Los pasos se detuvieron, frente a la puerta, estaba seguro. Y a continuación, escuchó con excesiva claridad cómo una llave se deslizaba por el cerrojo y descorría el pestillo. El sonido metálico retumbó en sus oídos. Inconscientemente, Ayna retrocedió, paso a paso, entre chasquido y chasquido de eso que había en el suelo. De pronto, pisó algo que crujió al romperse, y un chillido salió de su garganta seca. Perdió el equilibrio, y cayó al suelo al tiempo que la puerta se abría.

Primero penetró la luz, atravesando la oscuridad sin piedad, luego una silueta de hombros caídos recortada en ella.

Ayna estaba paralizado en el suelo con la mirada fija en esa silueta con la forma del amable Nando, del hombre que iba a cuidar de él; sin darse cuenta, un círculo de orina se formaba alrededor de su trasero.

—Ha muerto, Ayna —la voz llegó hasta él quebrada—. Mila ha muerto. Ayer no debí dejar que viniera conmigo, ¡maldita sea, no debí, Ayna! Pero insistió, insistió tozudamente, y ¿sabes por qué? Creo que ella sabía que sería su último día, y quería ir de compras por última vez, con la esperanza de hallar la única comida buena que queda en este mundo. Creo que eso era lo que la dio fuerzas y la permitió andar, llegar al centro de la ciudad. Pero no encontramos nada, y tuvimos que conformarnos con lo poco que había en el supermercado y claro, al no encontrar lo que le había dado fuerzas, estas la abandonaron y no pudo seguir andando.

Hizo una pausa para sorberse la nariz… y dar un paso hacia adelante. La mente de Ayna ordenó a su cuerpo que retrocediera, pero este no hizo caso. A su vez, eso que había empezado a ascender, también se había quedado bloqueado por el pánico.

—Pero, Ayna, entonces llegaste tú —la voz se había tornado en un agudo susurro—. Tú nos encontraste, como por arte de magia, como si Dios aún existiera, y… y ella volvió a recuperar sus esperanzadoras fuerzas. Siempre ha sido así, chico. Ella y yo somos los fuertes. Siempre haciendo lo que sea por sobrevivir. ¡Lo que sea!

El grito fue acompañado de otro paso, y al fin, Ayna reaccionó. Aquella exclamación fue como un permiso para que el nuevo niño reanudara su ascensión hacia la luz de la mente de Ayna, y finalmente expulsó al antiguo niño y se hizo dueño nuevamente de sus actos y pensamientos. Como resultado, los recuerdos comenzaron a dar vueltas como un huracán en el cerebro de Ayna. Las palabras de su padre, advirtiéndole de que no se dejara ver, de que había personas que no eran personas, que tuviera cuidado. También comprendió su error al acercarse a la hoguera y de la razón por la que lo hizo; las palabras del cura, en las cuales había confiado más que en las de su padre. Incluso en el huracán daban vueltas aquellas palabras que surgieron como un eco al despertarse preguntándole por qué le inquietaba la mirada de Mila: su propia voz teñida de la seguridad del nuevo niño.

Y por supuesto, relacionando lo último que le acababa de decir Nando con lo que le había contado antes de dormirse, descubrió la verdad oculta.

Muy despacio, controlando la respiración y su pulso con el instinto del nuevo niño, empezó a retroceder, desviando ahora la vista de la silueta e intentando abarcar toda la estancia, para tratar de encontrar un modo de escapar. Lo que vio gracias a la débil luz que entraba por la puerta, hizo temblar la férrea determinación del nuevo niño.

—Como te habrás dado cuenta, modifiqué un poco mi opinión sobre las personas débiles y las personas fuertes —prosiguió Nando con ese escalofriante susurro—. Le di la vuelta. Los débiles se rinden en seguida, prefieren la muerte porque les da miedo vivir de un modo distinto al que lo hacían; pero los fuertes…, los fuertes se aferran a la vida, sean cuales sean las condiciones, no se dejan vencer por estas, y no les importa hacer lo que sea necesario.

Lo que producía esa especie de estallidos al pisarlo eran bridas, como las que usaba su padre para unir algo que se rompía. El suelo estaba alfombrado por ellas, y todas estaban cortadas, como si ya se hubiesen usado. Sin embargo, lo que más le sobresaltó fue lo que había provocado su caída, que no tardó en deducir que debía haberse precipitado rodando de lo que había a ambos lados de la puerta.

—Esperamos a que te durmieras, Ayna, esperamos y esperamos. Mila no podía quitarte los ojos de encima. Mi Mila —hizo una pausa para sorberse la nariz. Cuando volvió a hablar, estaba llorando—. Cuando el sueño te llevó con él, nosotros nos pusimos en marcha, y ella pudo sin ningún esfuerzo, claro que sí.

A cada lado de la puerta, flanqueando la entrada, como dos extraños centinelas, había una pila de huesos… humanos. Lo que había rotó Ayna, era un cráneo que debía haberse deslizado de allí.

Nando seguía hablando.

—Te subí a la carretilla y abandonamos el carro. ¿Para qué queríamos toda esa insustancial comida de supermercado? De nuevo habíamos conseguido la mejor comida que se puede encontrar hoy en día, y daría para unas semanas; una nueva reserva. Pero no ha podido darle ni siquiera un bocado, Ayna. —Lloraba tanto, que apenas se le entendía—. Ella solo quería volver a apreciar el sabor de esa comida antes de…

—¿Qué comida es esa? —preguntó Ayna en cuanto la pared del fondo impidió su retroceso. Por desgracia sabía la respuesta, tenía pistas más que suficientes, pero las palabras habían salido de sus labios sin permiso.

El llanto cesó.

—Tú, Ayna, claro. 



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