miércoles, 3 de junio de 2015

El Espejo (Capítulo 8)

¿Y si fueras el último?


8

—¿Sabes quién soy? —preguntó Ayna completamente estupefacto—. ¿Me conoces?

—Eres famoso… bueno lo fuiste, y solo durante un breve periodo de tiempo. Ayna, tú eres la única persona que se curó de verdad. Tú eres la única persona a la que el cáncer no solo no recayó, sino que no le llegó a afectar.

Ayna no se lo podía creer. Estaba muy asombrado con las palabras de Nando. Apoyado sobre sus codos, quería hacerle miles de preguntas que se agolpaban en su cabeza, pero estas se quedaban atascadas en la garganta.

—Tú madre fue la única mujer de las pocas que recibieron la vacuna que pudo tener un hijo. —El fuego era ahora una débil llama que apenas alcanzaba el metro de altura. El frío y la oscuridad empezaban a absorber el agradable calor. Ayna, sin retirar la vista del perfil de Nando, quien volvía a mirar la decadente lumbre mientras jugueteaba con el palo como un niño, se tumbó con la cabeza sobre la mochila y se hizo un ovillo—. Las demás mujeres, que no llegaban a la docena, ni siquiera podían quedarse embarazadas. La cura afectaba de algún modo a la concepción. Sin embargo, la enorme barriga de tu madre seguía creciendo.

—¿Conociste a mi madre? —Una pregunta que logró esquivar el obstáculo de estupor.

—No —rió de un modo extraño, y la risa le cedió el paso a los espasmos de la tos. Recortadas por la lengua del fuego, Ayna percibió puntitos negros que no podían ser más que sangre—. Esto también lo leí en los periódicos. Y bueno, también lo vi en la televisión; aún funcionaba, aunque solo uno o dos canales estaban disponibles.

Haciendo un gran esfuerzo, otra pregunta surgió de los labios del chico. Su voz denotaba que de nuevo, el cansancio exigía el control del cuerpo. Ayna bostezó, y luego formuló su última pregunta.

—¿Y por qué mi madre sí se quedó embarazada?

—Sencillamente, porque ya lo estaba cuando la vacunaron. Y ahí está la clave de todo. Cuando naciste nadie cabía en su asombro. ¡Eras el niño más sano del mundo! El cáncer incidía con mayor rapidez en los niños, sobre todo en los más pequeños, y cuando vieron que tú seguías igual, que este no te atacaba, descubrieron el por qué. La vacuna solo se desarrollaba en su totalidad si se inyectaba en un metabolismo nuevo. Pero ya era demasiado tarde. La mayoría del repugnante grupo limitado que recibió la vacuna volvían a padecer la enfermedad, científicos incluidos, y a pesar de vislumbrar un barco de rescate en el horizonte, no había fuerzas para seguir nadando. Además, ¿a quién se le inyectaría? Todas las personas que se lo podían permitir, o mejor dicho, las pocas personas que se lo podían permitir, ya la habían recibido. Por no hablar del duro golpe que de por sí supuso el fracaso. Así que finalmente decidieron dejar de mover los brazos y hundirse y ahogarse en su propia desesperanza iluminada débilmente por ti.

Esas últimas palabras dejaron satisfecho a Ayna. Saciaron su más absoluta curiosidad. Una de las manos que aferraba la puerta de la vigilia había dejado de agarrar el picaporte. Pero aún había otra, y a diferencia de la primera, era oscura y fría…

—Esos malditos científicos… La debilidad pudo con ellos.

… Se trataba de la sensación profunda de alarma que le decía una y otra vez que no se durmiera, que no debía hacerlo. En ningún momento desde que saliera de la iglesia, el chico la percibió conscientemente. Sin embargo, cuando el extremo cansancio y el sueño se hartaron de llamar a la puerta y decidieron asestarla una patada, logrando que la mano oscura se soltara definitivamente, la alarma llegó hasta su razón en forma de voz…

—Una persona débil no es capaz ni de dar un último empujón, ni de dar una última brazada para alcanzar su objetivo cuando todo parece estar perdido. No son capaces de hacer lo que es necesario para sobrevivir. Lo que sea. La vida es valentía; la muerte cobardía.

… En forma de su voz, pero una voz firme y confiada. La voz del nuevo niño.

«No te duermas», escuchó quedamente en la distancia de su alma. Pero ya lo había hecho. 



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