martes, 2 de junio de 2015

El Espejo (Capítulo 7)

¿Y si fueras el último?


7

—Bien, Ayna —empezó a decir Nando—. Tus padres te contaron muchas cosas del mundo antes que este, pero parece que te contaron pocas cosas sobre este.

—Mi padre me habló de las personas que ya no son personas.

Aquellas palabras de su padre debían haber conseguido que la alarma se disparara y el nuevo niño reapareciera, trayendo consigo la imagen de su padre tumbado en la cama, débil y sin pelo, diciéndole cosas, enseñándole, pero no fue así. Como anteriormente, la alarma se activó, sí, sin embargo, Ayna estaba tan concentrado en lo que le iba a revelar el hombre, que apenas se percató.

—¿Personas que ya no son personas? —preguntó Nando, y rió…, para dar paso a la tos, una tos salpicada de gotas rojas.

A Ayna le costó pronunciar lo siguiente.

—Sí… Personas que… que se comen a otras… personas.

Esta vez, Nando no rió; todo lo contrario. Su semblante anaranjado se cubrió de sombras.

—Y supongo que te dijo que tuvieras cuidado. Que no te fiaras de nadie —comentó con extraña solemnidad.

Ayna asintió con la cabeza. Ni siquiera todo aquello logró hacer ver al antiguo niño que acababa de contradecir el consejo de su padre.

—Pues, Ayna, tu padre se equivocaba —afirmó Nando con el mismo tono de voz—. Esas personas no dejan de ser personas. No es posible que eso ocurra. Una persona nace y muere siendo una persona. Creo que hay personas más débiles y otras más fuertes. Las débiles tienen poca resistencia, y hacen lo que sea por no morir, hasta el punto de hacer lo que tu padre te dijo. Pero las fuertes logran aceptar su situación, logran dejar de temer a la muerte, y no les importa sucumbir a ella, soportando hasta el final esa horrible necesidad vital que retuerce las tripas.

El chico no sabía si había entendido exactamente todo aquello, aunque sí le interesaba saber algo que de repente le estalló en su cerebro como una oscura nube. Fue la primera vez que el nuevo niño, al fin, logró hacerse ver de nuevo por el antiguo. Sin embargo fue un leve instante muy efímero.

—¿Y… vosotros sois débiles… o fuertes?

Las sombras del rostro del hombre desaparecieron, resurgiendo de nuevo el brillo en los ojos, y por debajo de ellos, los labios agrietados se curvaron en una cálida sonrisa.

—Dímelo tú, Ayna. Tú has sido quien nos ha encontrado. Tú has sido quien se ha acercado a nosotros. ¿Te parecemos peligrosos?

—No me parecéis peligrosos. Creo que sois fuertes.

—Así es, chico. Igual que tú.

—¿Yo soy fuerte? —preguntó sorprendido.

—Estás aquí, ¿no? Aún estás vivo. Un niño solo en este mundo sacado de una novela fantástica y apocalíptica. ¿Cómo podía haber sobrevivido en estas condiciones una persona débil? A menos que…

—¡No! —Ayna comprendió lo que quería decir—. Nunca lo he hecho y nunca lo haré. Nunca.

—Claro que no, Ayna.

Hubo un momento de silencio en el que solo se oían los chasquidos de la leña y la afanosa respiración de Mila, quien continuaba mirándole fijamente.

A Ayna todavía no se le había olvidado su pregunta del cielo, y lo que acaba de decir Nando sobre las novelas había reavivado aún más su curiosidad.

Antes de que volviera a preguntarle, el hombre se le adelantó.

—¿Por qué el mundo es fantástico?, me has preguntado. Sencillamente porque, como acabo de decir, lo que ha ocurrido parece sacado de una novela de Cormac McCarthy o Richard Matheson. Sencillamente porque lo que está ocurriendo parece una obra de ficción. No me refiero a que este mundo de ahora, el que nos ha tocado vivir, sea maravilloso, debería estar loco si lo pensara, y no lo estoy. Me refiero a que este mundo parece pura fantasía. Yo no llegué a vivir los buenos tiempos de este mundo, pero he leído mucho sobre ello, cientos y cientos de periódicos, y recuerdo historias de mis padres. También recuerdo por qué se ha vuelto así. Por qué el cielo ya no es azul.

Lanzó varios palos cortados a la hoguera, reavivando la intensidad de las llamas y produciendo un mayor efecto en sus últimas palabras.

De pronto, el cansancio invadió a Ayna. El sueño volvió a llamar a las puertas de la vigilia. La voz de Nando, un tanto ronca pero monótona y el placentero calor de la lumbre ayudaban a mantener una atmósfera de paz, y también ayudaban al cansancio a fortalecerse, por lo que sus párpados amenazaron dos veces con cerrarse. Pero el ansia de saber del chico y algo más profundo que apenas percibía conscientemente, le impidieron que se durmiera y le mantuvieron con los ojos y los oídos bien abiertos.

—Todo empezó con lo que se llamó «Las tres ces» —continuó el hombre con la mirada perdida en el fuego—. No vinieron todas juntas, sino que cada una fue una desastrosa consecuencia de la otra. La primera es la única que se pudo evitar y que fue provocada por otra cosa que no tiene que ver con las ces. La causa de esta no fue más que la ignorancia y sobre todo la estupidez humana. La contaminación. No fueron pocas las advertencias de que el planeta cada vez estaba más contaminado, de que el agujero de la tierra cada vez era más grande. Las calles de las grandes ciudades primero y de los pueblos después comenzaron a cubrirse gradualmente y muy despacio por un manto de contaminación que tapaba el cielo y cada año hacía más y más calor. Pero la gente, absorta en sus asuntos, nada temerosa por el futuro, creyendo que jamás ocurriría nada extraño en sus cotidianas vidas, ignoró toda advertencia. Se creían más fuertes que la naturaleza, y nada es más fuerte que esta.

Las llamas disminuyeron de tamaño. Nando echó otro amasijo de ramitas, que las avivaron.

Ayna decidió quitarse la mochila y colocarla en el suelo, para luego tumbarse y apoyar su cabeza sobre ella. Mientras escuchaba hablar al hombre con atención, fijó sus ojos en el oscuro cielo y de nuevo impidió que estos se cerraran.

—La contaminación, por lo tanto, fue a más —prosiguió tras toser y expulsar sangre—, y con ello cada vez se detectaban más casos de cáncer en las personas. Ahí entra la segunda ce. Al principio no se creyó que hubiera una relación, pero cuanto más contaminado estaba el planeta, más aumentaba el número de personas cancerosas. La atmósfera había llegado a su fin. La cifra de gente muerta por esta enfermedad era alarmante. También morían por fuertes alergias y golpes de calor, pero el cáncer estaba por encima de todo ello. Las personas empezaron a quedarse en casa, a salir solo por lo necesario, mientras los científicos buscaban una cura. La tercera ce.

—¿La encontraron? —preguntó Ayna impaciente, con voz soñolienta.

—Sí. Lo hicieron. Pero no duró mucho. —Cogió un palo y removió las ramas de la base. Se habían quedado sin ramitas y había que aprovechar las que había ya dentro—. La cura, de un nombre tan extraño que es imposible que lo recuerde, estaba compuesta de unos ingredientes muy difíciles de conseguir y además, al igual que estos, la producción resultó ser descaradamente cara, por lo que en un principio que a su vez fue un final, se les inyectó a sus creadores, a las personas del gobierno y el estado y a las pocas gentes que se lo podían permitir. Ricos que tenían tanto dinero que se sonaban los mocos con los billetes. Pero el número de estos fue muy limitado, tanto, que se puede contar con el número de una sola mano.

—Entonces, ¿hay gente curada?

—Me temo que no, chico. Poco tiempo después, esas personas fueron testigo de cómo el cáncer regresaba a sus cuerpos. De nuevo, la cura del cáncer fracasó. Y eso acabó desmoralizando a todo el mundo, incluidos los científicos, quienes enfermos, decidieron rendirse. No hay peor afección que la desesperanza tras la esperanza. No obstante, antes de que las primeras personas vacunadas recayeran, descubrieron algo.

Hizo una pausa, y giró la cabeza para mirar a Ayna. El interés del chico ardió aún más, llegando a quemar más que las llamas de la moribunda hoguera. Se reclinó sobre los codos y contempló al hombre.

—¿Qué? ¿Qué descubrieron?

Nando contestó mostrando el interior de su boca desdentada en el intento de una sonrisa.

—Ayna, chico, sé quién eres. 



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