miércoles, 6 de mayo de 2015

El Espejo (Capítulo 5)

¿Y si fueras el último?


Y la encontró, vaya si la encontró. Pero no bajo las estrellas.

Fue a las afueras de la ciudad. Anochecía. Le había llevado lo que quedaba de día llegar hasta el cartel con el nombre de la localidad tachado con una línea roja.

Lo mismo que ocurría con el sol, ocurría con la luna y las estrellas, por lo que las noches eran totalmente oscuras (no se veía nada de nada ni siquiera a unos centímetros de distancia), y el consejo de buscar a gente bajo la luz de las estrellas se hacía imposible de seguir.

Antes de que el mundo se tiñera de negro en su totalidad, Ayna salió de la carretera desesperanzado y buscó en la cuneta un sitio donde pasar la noche.

Ya no había hierba verde; no llovía, y el calor por el día era fuego puro, por lo que lo que quedaba de ella era un seco y amarillento recuerdo.

Recuerdos. La palpable oscuridad, el silencio que hay en ella, hacía que el sentimiento de soledad se intensificase, y que el cerebro se llenase de imágenes, imágenes dolorosas que no quería volver a ver.

Experimentó un poderoso impulso de levantarse y regresar a la iglesia. Para volver a hablar con ese hombre. Para que le contara historias sobre ese tal Dios que había muerto. Para oír una voz que no fuera la suya o la de sus padres. Solo eso. Una voz diferente. Pero era absurdo intentarlo. Sería imposible seguir un itinerario en esa oscuridad.

Acurrucado entre la ropa de la que se proveyó —lamentándose de no haberse hecho con algunas mantas y sábanas pues por las noches la temperatura bajaba, y mucho—, con la cabeza apoyada en la mochila, las lágrimas amenazaron a sus ojos. Él no quería llorar; el prematuro hombre no debía llorar, pero desde que conociera al cura, el antiguo niño había vuelto a imponerse, y parecía no querer irse. De todos modos, sabiendo que solo podría evitarlo escapando del ataque de la oscura noche, decidió hacer algo. Los rugidos de sus tripas le ayudaron a llegar a esa conclusión.

Echó a un lado la ropa y se levantó apoyándose en el borde de la cesta de la carretilla. Tanteó con la mano en su interior, removiendo todo lo que contenía, y sus dedos tocaron algo frío y metálico. Una lata. Podía ser atún en conserva, mejillones, cecina… cualquier cosa; no lo sabría hasta que no lo abriera y percibiera su olor. Este pequeño reto misterioso le tranquilizó un poco, y le hizo sentirse bastante mejor.

Estaba a punto de apoyar los huesos de sus delgados glúteos sobre la hierba seca, cuando lo vio. Un punto naranja. Agujereaba la oscuridad subiendo y bajando de intensidad. Ayna vaciló unos segundos, y luego, siempre con las palabras del anciano cura y con la agradable sensación que había experimentado al hablar con él latente en su corazón, volvió a dejar la lata y las mantas en la carretilla, y tras alzar esta de los mangos, comenzó a andar en dirección al punto naranja, lo que suponía otro reto misterioso, pero mejor aún.

El antiguo niño era el que actuaba por Ayna en esos momentos; el nuevo niño había quedado enterrado en las esperanzadoras palabras del viejo, y trataba de abrirse camino entre ellas, pero solo lograba rozar la superficie, y Ayna solo sentía una vaga sensación de alarma que él no lograba identificar como tal, sino como una ligera molestia en alguna parte de su cerebro. El efecto de las palabras del cura había sido tan efectivo y revitalizador, que no solo había enterrado al prematuro hombre, sino también a las palabras de supervivencia de su padre.

Cuanto más avanzaba con el chirrido de las ruedas como el canto de los grillos que ya no existían en sus oídos y el punto naranja en su campo visual, más grande se iba haciendo este, hasta que estuvo a la suficiente distancia para ver que se trataba de fuego, y de que había dos personas sentadas al lado, de espaldas a él.

Frenó antes de llegar, antes de que pudieran oírle. No había sido Ayna conscientemente. Algo en su interior había detenido sus pies, los había clavado en el suelo. Desconcertado, sin quitar la mirada de aquel campamento temiendo que al hacerlo desapareciera, trató de mover la pierna derecha. Al segundo intento, esta reaccionó, superando aquel extraño bloqueo.

La rueda parecía chirriar ahora con más fuerza, por encima de los chasquidos de la madera. Uno de los individuos debió oírlo, porque giró la cabeza de manera brusca y con expresión más sorprendida que aterrada. Segundos después, lo hizo la otra persona, mucho más pequeña que él.

El primero que se giró estaba calvo completamente; el segundo, no lo estaba, pero le faltaba poco (el cabello que le quedaba era muy corto y fino, prácticamente traslúcido, como telaraña), y era una mujer. A Ayna le recordó a su madre, y no pudo evitar sonreír y, ahora sí, llorar en silencio.

Soltó la carretilla y permaneció ahí de pie, observando cómo el hombre se levantaba sonriendo también y se acercaba a él, dejando a la vista el carrito de la compra al otro lado de la hoguera que había estado tapando su cuerpo. 




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