miércoles, 18 de marzo de 2015

El mimo (Saga Oliver)

¿Puede matar el silencio?


Si alguien le hubiese preguntado a Oliver qué le gustaría ser de mayor, mimo habría sido lo primero que se le habría pasado por la cabeza. Sin embargo, si unos años después le hubiesen ofrecido trabajar en esta silenciosa profesión, su interlocutor habría acabado muy mal parado.



Oliver comenzó a admirar a los mimos la primera vez que vio uno. Fue cuando tenía ocho años y aún estaba entre aquellos muros gruesos y marrones impregnados de soledad y tristeza. El Orfanato «Cradle Child». O como él lo llamó más adelante, «La Cueva», ya que ahí dentro todos los días eran igual de oscuros. Solo hubo uno que logró iluminarlo un poco; un emocionante día que le hizo olvidar dónde se encontraba, y que antes de escaparse y conocer al mimo había estado reviviendo una y otra vez en su recuerdo.

Aquel día, la dirección de Cradle Child preparó una excursión al circo.



Hacía una tarde calurosa. El sol iluminaba cada una de las carpas, arrancándolas una sonrisa llena de vivos colores. El rojo, el verde y el dorado bañaban todo el terreno en el que aquel circo ambulante había aterrizado, como si se estuviesen viendo las cosas a través de esos traslúcidos papelitos de colores.

Las jaulas oxidadas de los animales también despedían brillos, provocados por el sol. Al paso de la fila de los niños y profesores, los leones dormitaban y los tigres rugían; fuera de jaulas, los elefantes alzaban su trompa como saludando. Había también algunos monos. Uno se subió al hombro de Oliver y comenzó a meterle el dedo en el oído. Al niño no le gustó nada de nada; le hacía cosquillas, y a él no le gustaban las cosquillas, de hecho, repudiaba cualquier tipo de contacto físico.

Trató de avisar a uno de los profesores, pero claro, las palabras no pasaron de su garganta, y solo emitió un inaudible gemido. Por otra parte, podía olvidarse de que le vieran, pues los tres profesores encargados de supervisar la excursión estaban tanto o más embobados con los animales que los niños. Así pues, apretó los puños y los dientes para tratar de contener la repulsión y justo cuando las lágrimas amenazaban con lanzarse al vacío, uno de los muchachos se percató del mono sobre el hombro de Oliver.

—¡Mirad, un mono encima del Mudo!

Todos los niños se giraron hacia el niño que se quedó mudo a los tres años tras un accidente en el que murieron sus padres —un accidente que él no recordaba— y estallaron en carcajadas y dedos índices. Los tigres, excitados, aumentaron sus gruñidos, e incluso uno de los leones se levantó sobre las patas e imitó a su salvaje compañero.

La sangre de Oliver ascendió hasta sus mejillas y algo le golpeó en el pecho. De pronto, un sentimiento más poderoso y peligroso expulsó a la repulsión, y antes de que su cerebro enviase la señal, ya había aferrado al mono de los pelos y lo lanzaba contra Silvio, el niño que siempre se metía con él.

La garganta de Oliver soltó un ronco gruñido que le hizo daño. Tosió en silencio. El mono, a su vez, chilló, y se alejó corriendo de allí.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —preguntó la profesora Fernanda.

—El Mu… Oliver me ha tirado un mono a la cabeza —replicó Silvio en tono inocente y casi llorando.

—Oliver, siempre Oliver —suspiró la profesora—. La de guerra que das para no hablar, niño. Ven aquí conmigo. —Le cogió del brazo con fuerza suficiente para hacerle daño y se le llevó a la cabeza de la fila, junto a ella.

Oliver apretó los dientes. Odiaba que le tocaran.

Aquello que dijo la profesora Fernanda no era del todo cierto. Él no daba guerra, él nunca hacía nada malo, excepto en aquellas ocasiones en que esa presión invadía su pecho y actuaba sin control de sí mimo. Pero la mayoría de las veces, los demás niños le acusaban de cosas que ellos habían hecho, y como Oliver no podía defenderse hablando, ni escribiendo, pues aún no lograba entender todos esos extraños símbolos, permanecía con la cabeza gacha y soportando todas las regañinas de los profesores.



El incidente del mono fue olvidado cuando el mimo ocupó el centro del escenario bajo la carpa de espectáculos.

A Oliver no le llamó la atención aquella ropa tan fuera de lugar en un mundo repleto de colores como ese; ni siquiera provocó un sorpresivo alzamiento de cejas el hecho de que tuviera la cara completamente blanca o los teatrales movimientos en el aire. No. Tal vez solo al principio, cuando fue presentado, pero segundos después, todo ello desapareció de su mente, y esta se llenó de silencio. Absoluto silencio.

¡Aquel hombre no hablaba! ¡Era como él! Movía la boca, pero no salía ni un ruido por ella. Ni un gruñido. ¡Era todavía más silencioso que él y aún así estaba ahí, dando un espectáculo, siendo alguien importante! Hasta ese momento, Oliver había pensado que siempre estaría solo, que jamás podría salir del orfanato porque nadie le querría o porque no habría nada esperándole más allá de esos muros. Hasta ese momento, pensaba que él era la única persona muda en el mundo. Sin embargo ahora veía la verdad. Ahora veía que había otra persona como él —tal vez incluso hubiesen muchos más—, y que además era capaz de colocarse frente a cientos de personas y hacerlas reír y divertirse.

Durante el tiempo que duró la actuación del mimo, solo estuvieron ellos dos bajo esa carpa. El mimo y Oliver. Oliver y el mimo.

Contemplando maravillado nada más que su boca, el niño tomó una decisión. La primera en su vida.

Tenía muy claro que no pensaba quedarse para siempre encerrado en Cradle Child.

Se escaparía.



Al final no fue tan difícil escaparse de la Cueva. Tuvo que esperar dos años, sí, pero una vez había logrado estudiar a conciencia todo el edificio y había planeado su huída, fue pan comido. Eso sí, no se fue sin antes dejar un regalito a Silvio, concretamente en sus zapatillas, esas que se calzaba nada más bajar los pies de la cama. Le habría gustado ver cómo las chicnchetas se hundían en sus talones. Pero tenía que marcharse esa noche de celebración de fin de año.

Ni siquiera echó un último vistazo a la enorme puerta forjada con dos ces enormes cuando echó a andar libre por la carretera.

En su mente solo había una esperanzadora imagen. La de la boca silenciosa de aquel mimo que vio cuando tenía ocho años.

Tenía que encontrarle.



Más suerte no pudo tener. Resultó que el circo aterrizó en aquel pueblo para quedarse. Eso le hizo preguntarse a Oliver el por qué no les habían vuelto a llevar de excursión allí, sin obtener respuesta.

Por la noche era totalmente diferente que por el día. Los vívidos colores parecían muertos, los sonidos de los animales provocaban escalofríos, y desde una destartalada caravana, emergían unos grititos femeninos. Por un instante deseó dar media vuelta e introducirse de nuevo en el silencio de las calles, pero la imagen del mimo insistía en que continuara su avance.

El suelo estaba embarrado por las lluvias de los días anteriores; pronto sus zapatos desaparecieron.

Vislumbró una luz en una carpa más pequeña a la del espectáculo, pero más grande que las otras dos que había a su alrededor.

Entró en ella.

Allí encontró al hombre que había sostenido el micrófono y hecho las presentaciones el día de su visita. Un hombre gordo y de fino bigote al que sorprendió en pleno proceso de algo.

Los dos se quedaron inmóviles. Finalmente, el hombre terminó de enrollar un papel largo y blanco sobre lo que parecía hierba picada, y le habló.

—¿En qué puedo ayudarte, muchacho? ¿Has perdido a tus padres?

No podía estar más en lo cierto.

Oliver sacó una libreta de su bandolera, y escribió con esfuerzo:

«¿Dónde está el mimo?»

Su letra dejaba mucho que desear, pero el hombre le entendió.

—Oh, con que eres mudo, ¿eh? —dejó el cilindro sobre una mesita redonda y se acercó a Oliver—. No necesitas al mimo para trabajar aquí. Soy yo quién tiene que decidirlo.

«¿A sí?», escribió con una sonrisa.

El hombre gordo rió y le revolvió el cabello. Oliver se retiró de inmediato muy serio. Cómo odiaba que le tocaran.

—Vaya… Además de mudo, arisco —comentó—. Bueno, como no puedo imaginar un mimo mejor que un mudo, te daré una oportunidad. Pero será mañana por la mañana. —Y volvió a su asiento y a coger el cilindro.

Oliver estaba muy contento: ¡trabajaría de mimo! Pero antes quería verle de cerca. Ver a ese que había estado durante dos años en su cabeza. A ese que le había dado fuerzas, esperanza e ilusión.

Volvió a enseñarle la hoja en la que preguntaba por él.

—Ah, sí. Se me olvidaba. Imagino que necesitarás a alguien que te enseñe un poco. No sé si Rober tendrá muchas ganas ahora, pero no pierdes nada preguntándoselo. Vive ahí.

Desde las cortinas de la carpa, le señaló una de las caravanas. La destartalada de la cual salían esos gritos de mujer.

Oliver guardó la libreta, y se dirigió hacia allí.



Antes de que Oliver llegara, la puerta de la caravana se abrió y salió una mujer muy delgada vestida con una especie de bikini rosa. Estaba despeinada, y muy contenta.

—¡Cierra la puerta! —escuchó Oliver. Era la voz de un hombre. Había alguien más con el mimo.

Llamó muy nervioso.

—¿Te has olvidado las braguitas? —decía ese hombre conforme abría la puerta. Luego miró abajo, a Oliver—. ¿Quién eres?

Se trataba de un hombre alto y tan flaco como los asquerosos espárragos de La Cueva. Las costillas se le marcaban en su torso desnudo.Tenía la cabeza muy redonda y el pelo corto, rizado y negro. Sus ojos eran azules y brillaban. Respiraba muy rápido, como si estuviese cansado, y olía a sudor.

Oliver escribió:

«Busco al mimo.»

—Pues aquí le tienes. ¿Qué quieres, pequeño? Estoy muy cansado. La joven esa que acaba de salir de aquí es una de las trapecistas, y uuuh… —un gritó demasiado agudo que recorrió la columna de Oliver—…, ni te imaginas lo elástica que es.

Oliver no escuchó nada más de lo que decía. No podía ser verdad. Le estaba mintiendo. Ese hombre no podía ser el mimo.

La presión en el pecho estaba despertando, y esta vez no robaría el puesto a algo tan irrelevante como la repulsión, sino a algo mucho más poderoso, a algo en lo que había creído durante esos dos últimos años.

Empezó a temblar.

Sin pedir permiso, se introdujo en la caravana por debajo del brazo del hombre, quien protestó sin impedirle el paso.

Observó su alrededor. Maquillaje frente a un espejo. Maquillaje blanco. Maquillaje negro. Dentro de un armario de puerta rota, un traje a rayas blancas y negras.

Sobre la pequeña encimera de la cocina, había platos sucios y vasos, pero sus ojos se desviaron automáticamente hacia el juego de cuchillos.

—Renacuajo, creo que es hora de que vuelvas con tus papás —dijo el hombre que le había traicionado. Sintió una mano en el hombro, y eso fue lo que despertó del todo a la presión del pecho.

Oliver le asestó una patada en la espinilla, con todas sus fuerzas. Se precipitó de un salto hacia los cuchillos. Sin mirar cuál cogía, aferró el mango negro de uno y de un solo movimiento rotatorio, lanzó el mandoble. Rajó al hombre que le dio esperanzas en la mejilla, pues se encontraba agachado frotándose la espinilla. Gritó…, bueno, chilló como un cerdo con los ojos azules totalmente en shock y repletos de terror. Se llevó las manos hacia la raja que había extendido el labio unos centímetros. Ríos de sangre resbalaron entre sus dedos.

No paraba de chillar, y Oliver no lo soportaba. Se acercó a él conforme este retrocedía hacia la deshecha cama dejando un rastro de orina y sangre.  

Una vez contra la ventana que había sobre la cama, acurrucado, empezó a soltar patadas sin control al chico que sostenía un cuchillo y le miraba extrañamente con ojos tristes y furiosos.

Oliver movió el cuchillo frente a él, rajando las piernas que intentaban detener su avance. El hombre que acababa de apagar la única luz que había en su corazón, cesó en su empeño. El chico posó una rodilla en el colchón. Abrió líneas rojas en las palmas de las manos del hombre cuando volvió a intentar defenderse.

—Por favor, por favor —repetía una y otra vez, sin saber que su maldita voz era lo que más daño hacía al chico.

En una de esas veces que abrió su boca para suplicar, Oliver, con un veloz movimiento, enganchó la lengua, tiró de ella, y la cortó.

El hombre ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de que Oliver le asestara una última estocada dentro de la boca.

La hoja del cuchillo atravesó el paladar, y la punta asomó por la sien.

Oliver sacó el utensilio de cocina de la boca, guardó la lengua junto a la libreta, y salió de la caravana.

Nadie había oído nada. Las casas rodantes estaban muy separadas unas de otras, y probablemente estarían todos durmiendo.

Le llamó la atención el silencio. Ahora ni los animales se oían. Esto le ayudó a sentirse un poco mejor. No experimentaba arrepentimiento, no le importaba ya nada aquel hombre. Ya no le importaba nada. Solo sentía tristeza, desesperanza, y de nuevo soledad. Aquel silencio que se había adueñado de repente del circo era lo único que le impidió rajarse el cuello a sí mismo, ahí mismo.

Dejó que el cuchillo resbalara de entre sus dedos y se hundiera en el fango, y arrastrando los pies, caminó y caminó rodeado del absoluto y reconfortante silencio que sumía al pequeño pueblo en aquella fría noche.



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