lunes, 26 de enero de 2015

Corazón apagado

—¿Qué es lo que quieres de mí? —te pregunté asustada cuando llegaste a mi vida sin previo aviso.

—Tu corazón —me dijiste.

—¿Por qué? —inquirí.

Tu rostro se ensombreció, y vislumbré tristeza en el interior de aquellos pozos oscuros que son tus ojos. Experimenté cierta compasión, en serio.

—Porque alguien me hizo mucho daño —susurraste abatido—. Alguien apagó el mío, y necesito el tuyo para que se vuelva a encender —proseguiste, mirándome—. Échame un vistazo, soy un hombre perdido… estoy muerto, ¿no lo entiendes? Y tú eres tan preciosa, tan simpática, tan alegre…, tan feliz. Siempre estás sonriendo, y hablas y saludas a todas las personas con las que te cruzas. Eres bella, Sara, ¿no te das cuenta? Despides un brillo que me ciega. Por eso necesito tu corazón.

—Pero… Pero yo no puedo dártelo, compréndeme —traté de justificarme—. Mi marido y mis hijos me esperan en casa. No puedo.

—No te preocupes, esto lleva un tiempo —dijiste, y tus labios trataron de sonreír—. No tiene que ser ahora mismo. Y en cuanto a tu marido e hijos, no tienen por qué enterarse, tranquila. —Me acariciaste la mejilla por debajo del pelo—. El camino que hay que recorrer hasta llegar a tu corazón es intenso, hermoso y dulce, y ni siquiera te vas a dar cuenta, créeme. Sara, lo necesito… Te necesito.

Entonces fue cuando lloré. El pensar en mi marido y mis hijos, y en la situación en la que me encontraba, me llevaron a ello. Estaba frustrada y aterrada y aunque tú trataste de consolarme con un abrazo, no lo lograste.  Y lo peor era que sabía que no había vuelta atrás.

Pero ahora al fin ha llegado el momento. Al fin hemos recorrido el camino y te vas a hacer con lo que tanto ansías. Y ¿sabes qué? Me siento aliviada, por supuesto. Estoy deseando que te lo lleves, porque el extraño picor de mis piernas y brazos ha llegado a un punto insoportable, y en el interior de mi cabeza siento como si algo vivo golpeara continuamente las frágiles paredes del cráneo y jugara morbosamente con la masa de mi cerebro a su antojo, colocando y descolocando piezas claves como las de los recuerdos —de mi marido y mis hijos poco recuerdo ya y solo de vez en cuando—, o las del sentido de la orientación —no sé cuánto tiempo llevamos aquí, ni si es de día o de noche—, o las de los estados de ánimo —tan pronto estoy aterrada, como serena; alegre, como triste; o directamente no estoy—.

Y encima, para empeorar aún más las cosas, los muelles de esta maldita cama empezaron a clavarse en mi espalda como clavos hace ya bastante tiempo, creo, y eso, sumado al picor, lo hace todo más complicado.

Así que sí, estoy contenta y aliviada de que todo acabe.

Llevas sentado en la silla junto a la cama un buen rato, creo… ¿o acabas de llegar? No lo sé. El caso es que me ha parecido ver algo brillante en tu mano, y el ser viviente de mi cabeza ha colocado en el hueco correcto la pieza del último recuerdo lúcido de aquella noche en la que nos conocimos… bueno, en la que te conocí.
Tras echarme a llorar aquella noche, saliste de la habitación, y unos instantes después, entraste con un enorme cuchillo y un hacha en una mano y una cajita de pastillas en la otra.
Flanqueada por el pánico, aterrada y entre la cálida capa de lágrimas, te pregunté expulsando una lluvia de gotas qué me ibas a hacer.

—Voy a empezar a recorrer ese camino, Sara; cuanto antes mejor —me dijiste mirándome con tus ojillos tristes que a pesar de todo me siguen pinchando amargamente el alma—. Además, desde la primera vez que te vi, no he comido nada, naturalmente…, y ya tengo hambre.



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