sábado, 21 de octubre de 2017

Recuerdo eterno

A veces, olvidar es algo muy difícil


Recuerdo la primera vez que besé a una chica. Lo recuerdo muy bien. Lo recuerdo tan bien por dos razones. Una: porque también fue la última vez. Dos: porque fue el mismo día en que murió mi padre.

No descubro nada nuevo si digo que los traumas, la mayoría de ellos al menos, proceden de la infancia. Son como los instantes de luz que se plasman a través del obturador de una cámara de fotos. La lámina oscura se abre unas milésimas de segundo. La brillante luz aprovecha esa milésima de segundo y entra en contacto con el sensor. El obturador vuelve a cerrarse. Y la imagen queda grabada para siempre. Un recuerdo eterno.

Así pues, tras vivir algún suceso horrible, que nos impacta hasta el extremo, nuestro sensor llamado cerebro recibe aquella luz llamada trauma, y permanece en nuestra mente (a menos que esta sea bondadosa y nos bloquee el recuerdo) hasta que recurrimos a un loquero o morimos.

Mi trauma en concreto pertenece al grupo que, como yo me empeño en creer, es el más demandado: el Trauma Infantil. Y no le debo de caer muy bien a mi mente, porque no tuvo la más mínima compasión conmigo, y no lo bloqueó en su debido tiempo. ¿Cuál fue su causa?, os preguntaréis. Eso os lo revelaré un poco más tarde. Pero tampoco os descubro nada si os digo que, como ya habréis imaginado, tuvo que ver con aquel mi primer beso.

Yo tenía ocho años cuando mi padre murió. Vivíamos en un chalet adosado en un pequeño pueblo de Toledo. A mis ojos, era una casa enorme. Dos plantas, jardín trasero y delantero, rodeado por un muro bajo en la parte que daba a la calle y prolongado por una valla; y otro más alto y sin valla en los costados que comunicaban con las casas de ambos lados. No teníamos piscina, pero mi padre llevaba ya unos meses planeando comprar una de esas cuyo borde se hincha de aire y luego, conforme se llena de agua, va ascendiendo hasta que está completa. Por mi parte, estaba encantado con la idea, y deseoso de ver llenarse con mis propios ojos esa peculiar piscina que solo había visto en una revista.

Cada vez que mi padre venía de trabajar por la noche, le preguntaba si había comprado la piscina. Y cada vez, me respondía con su voz amable y un tanto ronca de cansancio: «Hoy no he tenido tiempo, campeón; pero tal vez mañana tenga un hueco». Sin embargo, nunca tenía un hueco.

Trabajaba como jefe de almacén de una empresa muy grande y famosa. No recuerdo de qué hora a qué hora, pero sí que se iba de noche y regresaba de noche. Y también que la mayoría de los sábados trabajaba hasta la hora de comer.

Su aspecto agotador tras un día largo y estresante no pasaba desapercibido para un niño de ocho años como yo. Cada quilo de ese cansancio se posaba sobre sus hombros y párpados, constantemente hundidos los primeros y semicerrados los segundos.

Un gesto que nunca olvidaré de aquel hombre será la forma en que alzaba los párpados y las cejas, como si acabara de recibir un sobresalto, mientras resoplaba. A esa edad no sabía por qué lo hacía exactamente. Sabía que quería decir que estaba cansado. Pero unos años más tarde comprendí que es el típico gesto de una persona extremadamente cansada y muerta de sueño, un gesto que trata de alejar la somnolencia y el dolor de ojos. Y también comprendí la razón por la que prefería quedarse en el sofá después de cenar, viendo la tele conmigo hasta que llegaba la hora de irme a dormir, en lugar de irse a la cama. Aquellas pocas horas después de llegar de trabajar y antes de que el reloj y mi madre me enviaran al mundo de los sueños, eran los únicos momentos en los que podía estar conmigo. Los sábados por la tarde y el domingo completo libraba, gracias a Dios, pero un día y medio no es suficiente para un padre o una madre.

«Para un padre o una madre.» ¡Qué gracia me hace esa frase! Mi madre no entraría dentro de ese saco. Al menos no en ese sentido en concreto.

A mis ocho años de edad, era capaz de percibir la tensión que había entre ambos. A los siete años, sobre todo cuando llegaba al final de esa edad, ya notaba algo extraño, algo que no encajaba. Pero no fue hasta unos meses después de cumplir los ocho, cuando me di cuenta de verdad que algo iba mal. Fue algo muy lento y gradual, como digo, igual que el rumor de un helicóptero flotando en el aire, cada vez más cerca y por tanto más claro e intenso. Lo que parecía al principio un sonido constante de avión, se va convirtiendo en un gruñido palpitante, y finalmente, cuando está lo suficientemente cerca, percibimos el rítmico tucutucutucu y nos damos cuenta de que en realidad es un helicóptero. Por supuesto a mi pequeño cerebro no acudió la palabra «tensión», pero sí la sensación de que algo iba mal entre papá y mamá.

Apenas hablaban. De vez en cuando un «Hola» o un «Adiós». O un casual «¿Qué te hago de comer para mañana?». O la más famosa y la que siempre acababa con ellos a gritos: «¡¿Maldita sea, Mercedes, qué haces con el agua?! ¿Lo dejas abierto todo el santo día?». Eso ocurría siempre que mi padre leía la factura al llegar del trabajo. Imagino que lo último que le apetecía al pobre hombre era discutir. Pero os aseguro que mi madre podía sacar de quicio hasta a un muerto. Y en cuanto ella le alzaba la ceja izquierda (siempre esa delgada y refinada ceja izquierda, el gesto de mi madre que jamás olvidaré) y le miraba como si aquel hombre que tenía delante fuera una mierda de perro que se cruza por su camino, y le soltaba «Hago lo que me da la gana con el agua», se armaba la gorda. En cualquier caso, la discusión no duraba mucho. Mi madre daba media vuelta, se encerraba en la cocina a terminar de preparar la cena, y mi padre se dejaba caer a plomo en el sofá. Al rato mi madre aparecía con dos platos de comida: el suyo y el mío. Y mi padre tenía que levantarse a por el suyo si quería cenar. En más de una ocasión me ofrecía yo para traérselo, pero él siempre me decía: «Tranquilo, campeón. Tú empieza a comer».

En cuanto al trato que mi madre me dedicaba, no podía ser más opuesto al que le dedicaba a mi padre. Era increíblemente cariñosa conmigo. ¿Me tenía mimado? No exactamente. Pero mis mejillas y mi pelo recibieron muchas caricias. Mientras veíamos la tele, por ejemplo, yo entre los dos, la mujer me masajeaba el cuero cabelludo. Al igual que cuando le pedía ayuda con los deberes y se sentaba a la mesa junto a mí. Cuando me decía algo, o me pedía que hiciera cualquier cosa, me acariciaba la mejilla y me plantaba un beso larguísimo. En cuanto desaparecía de su vista, me limpiaba con el dorso de la mano, pues no soportaba la pegajosa humedad que permanecía.

Al principio se resistió a dejarme bañarme solo, pero al final logré convencerla de que ya era suficiente mayor como para lavarme sin su ayuda; eso fue a los siete años. Aun así, más de una vez entraba al baño —nunca ponía pestillo porque tenía miedo de caerme, golpearme en la cabeza y que nadie pudiese entrar a tiempo antes de morirme—, y yo me tapaba de inmediato, ruborizado como un tomate maduro. Entonces le gritaba que saliera. Y ella lo hacía sin rechistar, y sin ningún «perdón, cariño». Pensaréis que una madre así, que se preocupa tanto por su hijo, es una delicia, que es el sueño de cualquier chico. Sin embargo, al igual que percibía esa extraña tensión entre mis padres, también experimentaba una incómoda sensación con cada muestra de afecto de ella. Y en más de una ocasión, tras un beso o una caricia, los poros de la piel se me hinchaban en diminutos bultitos. Unos años más tarde, supe por qué. Eran sus ojos. Un críptico brillo que la mente del niño no supo identificar conscientemente, pero sí inconscientemente.

Y todo ello me lleva al tramo final de esta historia. Una historia que escupo en palabras veinte años después con el fin de superar el trauma. ¿Qué le vamos a hacer? Unos van al psicólogo. Otros escribimos. No sé si lo conseguiré. La verdad es que no tengo muchas esperanzas. Pero sí sé que al menos me quitaré de encima una gran parte del recuerdo, como si al narrarlo en las hojas, este quedara liberado al fin y me dejara libre.

¿Por qué ahora?, os estaréis preguntando. ¿Por qué después de veinte años? Bueno, pues porque he conocido a alguien.

Desde aquel primer beso que estoy a punto de narrar, jamás me he interesado por las mujeres, ni por los hombres. Nunca he sentido deseo sexual. Nunca he experimentado la necesidad de amar. El trauma que llevo a cuestas me ha convertido en un hombre solitario, taciturno, y asocial.

En el colegio era un niño distante, muy callado. En el instituto siempre comía el bocadillo en un rincón del patio, solo. Mis únicos amigos eran Lengua y Literatura, Matemáticas, Ciencias sociales y todo el grupo de las asignaturas; Stephen King y John Carpenter, entre otros. (Mi abuela estaba convencida de que esos dos últimos amigos terminarían convirtiéndome en un asesino.)

Los chicos del instituto no me trataban mal. Solo una vez un chaval de un curso superior me empujó por la espalda. Yo era un muchacho bastante corpulento, de modo que no perdí el equilibrio. Me giré como un torbellino, y lo agarré del cuello sin pensarlo. Apreté los dedos con fuerza suficiente como para que una burbuja de moco asomara por uno de los orificios de su nariz. Y entonces lo solté y seguí mi camino. No volvió a tocarme.

En la universidad alquilé un piso para mí solo cerca de la facultad. Mis abuelos ya habían fallecido por aquel entonces, y el dinero que me dejaron de herencia no estaba nada mal. No asistía a ninguna fiesta. No me fijaba en nadie. Solo me importaba estudiar para poder trabajar en un futuro y vivir medianamente bien. Todo lo demás, las chicas, los amigos, las fiestas, me la sudaba. Y al fin me gradué en derecho, para acabar, unos meses después, apuntado al paro. Y llevo cerca de cuatro años sin trabajar de lo mío. He estado trabajando en otro tipo de empleos, desde luego, sin embargo la mayoría temporales, y muchos de ellos como mozo de almacén. En estos casos, es inevitable que recuerde a mi padre.

El último trabajo que he conseguido es el de dependiente en un McDonlads. Y creo que desde los cinco meses que llevo sobreviviendo en la empresa con contrato temporal, he cogido algunos quilos. Lo sé, lo sé. Soy un cliché viviente. Pero así es la vida. En realidad, ¿quién no lo es? Ponte a examinar a cada persona que conozcas, y te darás cuenta de que hay más clichés vivientes de los que te imaginabas. Incluso puede que tú seas uno.

Pero vamos al grano. Fue precisamente en el jodido McDonadls donde ocurrió lo que me hizo ponerme a escribir estas letras. Donde el trauma empezó a pesarme más que nunca.

Mónica apareció por primera vez ante el mostrador del restaurante de comida rápida hace un mes. Al principio no la miré. Estaba preparando la nota de pedido digital, hundiendo el índice en la pantalla táctil. Entonces alcé los ojos, y un ligero mareo me nubló la vista. Creo que apenas se notó. Logré reponerme de inmediato. Balbuceé el mecánico «¿Qué desea?», y ella debió calarme, porque sus labios se extendieron en una media sonrisa. Eso me puso aún más nervioso, y sentí calor en las mejillas y sudor en las manos.

No trataré de describirla. El simple hecho de pensar en hacerlo ya debería ser un crimen. Algo tan inmensamente bonito no puede quedar reducido a limitadas palabras. Por lo tanto, pensad en aquello que os parece lo más hermoso del mundo, y os haréis una idea de su belleza.

Nunca en mi vida había experimentado esa sensación. Como dije, nunca me habían interesado las mujeres. El simple hecho de pensar en besarlas me producía náuseas. Sin embargo, con Mónica fue diferente. Por primera vez en mi vida, imaginar los labios de una mujer sobre los míos, no me produjo un miedo atroz.

Aquella noche apenas dormí, preguntándome si volvería al día siguiente. No lo hizo. Pero sí el mismo día de la siguiente semana, y así lo ha estado haciendo hasta ahora. En cada una de las ocasiones, yo me ruborizaba y la voz me temblaba. Y en cada una de esas ocasiones, ella se percataba. Pronto empecé a darme cuenta que era más que belleza exterior lo que la caracterizaba. Inteligencia, comprensión y simpatía eran algunas de las cualidades que había bajo aquel fascinante físico, como si se tratara de un regalo con un envoltorio precioso y en el que se sabe que lo mejor está en su interior.

Mi expresión tímida debió de gustarle a Mónica, porque siempre esperaba para que la atendiera yo, y siempre me deleitaba con aquella sonrisa ladeada que convertía mi corazón en un loco órgano desbocado. Al cuarto día de su visita, me preguntó mi nombre, y ella se presentó. A partir de entonces, los pedidos se hacían más largos, ya que entre pedido y pedido, entre día y día de la semana, me preguntaba algo distinto sobre mi vida. Y así nos fuimos conociendo. Pero no fue hasta ayer, que nos dimos los números. El mío se lo escribí en el ticket de factura. Y yo recibí el suyo tras un mensaje de ella. Cuando acabó su ensalada marca especial McDonlads y su Nestea, se levantó, y volvió a acercarse al mostrador. En ese momento yo no atendía a nadie. Y siempre con su sonrisa ladeada, me preguntó:

—¿Quieres quedar mañana?

Yo me quedé en blanco. El día siguiente era sábado, así que estaba libre. Sin embargo, no lograba decir nada. Cuando creía que todo estaba acabado, que ella se cansaría y se largaría, y aún con la mente en blanco y sin saber qué decir, mi boca tomó riendas en el asunto sin previo aviso.

—S-Sí.

La sonrisa de Mónica se ensanchó, ya no era ladeada, sino completa.

—¡Vale! —dijo—. Luego hablamos por What’sApp, o te llamo. 

Se despidió sin esperar respuesta —probablemente sabía que sería incapaz de volver a hablar— y se fue caminando como alguien que acaba de recibir una noticia muy alegre.

Ya os imaginaréis los nervios que me atenazaban al día siguiente, es decir, esta mañana. Apenas dormí por la noche, y las manos no dejaban de sudarme. ¡Era mi primera cita! ¡A los veintiocho años! ¿Qué esperabais? Muchas cosas podían salir mal. Y la que tenía más papeletas me atormentaba desde que la niebla de la conmoción se disipó segundos después de que Mónica saliera del restaurante. Pensar en otra cosa me resultaba tremendamente difícil; no obstante, por primera vez en mi vida, sentí crecer en mi interior una desconocida rabia hacia el trauma.

He dicho que muchas cosas podían salir mal, y así fue. En realidad no fueron muchas; todo el tiempo que estuvimos en Telepizza y más tarde en el cine, fue genial. Por increíble que parezca, mis nervios comenzaron a ceder, y para cuando salimos del cine, mi viejo y polvoriento temor se había esfumado de mi mente… Sin embargo, regresó en cuanto ella acercó su cara hacia la mía, con los labios preparados en un beso. Lo vi a cámara lenta, y lo que vi no fue su cara, sino la de la primera persona que me besó, y no pude hacer otra cosa que alejarme de ella, alejarme de Mónica, y salir corriendo hacia el coche, y luego hacia mi casa.

Y aquí estoy.

Llegué aquí hará dos horas. Me tumbé en la cama y me cubrí la cabeza con la almohada. Oía el móvil (Mónica llamando), pero era incapaz de dejar de pensar en lo sucedido. Me odiaba a mí mismo. Odiaba a la persona que me dio mi primer beso como nunca lo había hecho. Y sobre todo, odiaba aquel maldito trauma.

Al cabo de una hora —creo que me dormí; y el teléfono ya no sonaba—, tomé una decisión. La decisión más seria e importante de mi vida. Cogí papel y lápiz, y me puse a contar esta historia.

Y al fin llegamos a la guinda del pastel. Al tramo final. Creo que he terminado escribiendo más de lo que pensaba, pero ¿sabéis qué? Con cada una de las palabras que he dejado libres aquí, me he sentido un poco mejor. Ahora estoy casi convencido de que cuando hunda el lápiz en el punto y final, mi miedo desaparecerá. Entonces llamaré a Mónica, le explicaré todo, o mejor, le entregaré este texto, y cuando la haya leído, me aproximaré a ella, la miraré a esos hermosos ojos, y la besaré. Y ese beso será realmente el primero.

Mi padre murió a los treinta y seis años, asesinado. Mi madre murió a los cincuenta y dos por un derrame cerebral, en la cárcel. Murió hace cuatro años, y ni siquiera fui al entierro, a pesar de las llamadas de mi tía, su hermana.

Cuando mi madre mató a mi padre hacía un calor espantoso. Fue una semana más o menos después de que me dieran las vacaciones de verano. Todas las ventanas de la casa estaban abiertas, tanto las de la planta de arriba como las de abajo. Era domingo y cuando me levanté de la cama, mi padre no estaba en casa. Mi madre me preparó el desayunó y en el momento en que llevaba una cucharada de cereales a mi boca, entró en casa mi padre. No podía creer lo que llevaba cogido con ambas manos.

¡La piscina! ¡Por fin la había comprado!

Me levanté de un salto de la silla, golpeé la mesa con el costado y el tazón se volcó. A continuación rodó desprendiendo la leche y los cereales por toda la mesa, hasta llegar al borde y precipitarse al suelo, donde se hizo añicos. Yo no me di cuenta; solo tenía ojos para la caja rectangular con la brillante foto de una piscina azul. Llené a mi padre de preguntas tras darle un beso: «¿Dónde la vamos a poner?». Detrás de la casa. «¿Cuánto tarda en llenarse?». Mucho, campeón. «¿Podré bañarme hoy?». No creo, habrá que esperar hasta mañana. «¿Puedo ayudarte a ponerla y llenarla?». Por supuesto, campeón.

Entonces la voz de mi madre cortó mi chorro de preguntas, como si hubiera cerrado un grifo.

—¡Mira lo que has hecho!

Yo me giré hundiéndome en el regazo de mi padre. Ella no me miraba a mí, sino a él.

—¡El niño ha tirado el tazón que le regaló mi madre! —Se trataba de un tazón con dibujos de los Looney Toons a lo largo de la superficie que mi abuela me había reglado por mi octavo cumpleaños. Me encantaban los Looney Toons, sobre todo el Corre Caminos—. ¡Serás imbécil! —Seguía dirigiéndose a mi padre—. ¡Ahora lo vas a limpiar tú y le vas a comprar un tazón nuevo! —Los gritos eran cada vez más histéricos y estruendosos—. Y tú, cariño —dijo ahora en tono más bajo pero no exento de algo oscuro—. No tengas miedo, y no te protejas con papá. Él no puede ni protegerse a sí mismo.

—¡Basta, Mercedes! —gritó mi padre al fin. Me encogí. Aun así, no me alejé de él. Por alguna razón, me sentía más seguro estando ahí, rodeado por su brazo mientras que con el otro sostenía la caja de la piscina.

—¡Dani, ven aquí he dicho! —volvió a decir mi padre, solo que esta vez gritando.

Yo no era capaz de hablar. El corazón me latía a una velocidad desconocida. En todas las discusiones ocurría eso, por supuesto, pero en esta ocasión era diferente. Era la discusión más grande que habían tenido jamás, y todo por un tazón. Recuerdo que pensé que esta sería la que acabaría con ellos divorciados, como los papás de mi mejor amigo.

Intenté con todas mis fuerzas decirle a mi madre que no pasaba nada, que no me importaba que se hubiera roto la taza, pero las palabras quedaban atascadas en la garganta.

—¡Deja al niño en paz! —le ordenó mi padre—. No quiere irse contigo. Déjale tranquilo. Dani —dejó la caja en el suelo y se agachó para mirarme con sus ojos cansados—. Ve a tu habitación, anda.

Y salí corriendo como alma que lleva el diablo… Pero mi madre me agarró de la camiseta y me tiró hacia ella como un león que acaba de alcanzar a su presa.

—¡El niño se queda aquí conmigo! —dijo, apretándome contra sus piernas. Era una mujer alta, pero yo también era un niño alto y la cabeza me llegaba a su vientre—. Quiero que vea la mierda que es su padre.

Cuando oí decir eso a mi madre, sentí un extraño mareo. Mi corazón se había subido ahora al cuello.

—¡Deja al niño en paz! —repitió mi padre—. ¡Deja que se vaya a su habitación!

Los ojos de mi padre despedían un brillo extraño que me asustó, aunque no porque temiera que me hiciera algo a mí. Ahora el recuerdo me dice que era una mezcla entre miedo y furia.

Mi padre empezó a dirigirse hacia nosotros. Respiraba muy fuerte. Mi madre no dio ningún paso atrás, pero me hizo girar hasta su espalda.

—¡El niño se queda aquí conmigo! —le espetó, aún gritando.

—Mamá —logré decir al fin—. Quiero irme a mi habitación.

—Ya le has oído, Mercedes. Déjale.

Se detuvo a escasos centímetros y se agachó. Extendió las manos hacia mí.

—Ven, campeón —me dijo en su tono cariñoso de siempre.

Y yo hice amago de ir, pero mi madre tensó como una cuerda el brazo con el que rodeaba mi cuerpo. Me hacía daño.

—Suéltale, Mercedes, ¡le vas a hacer daño!

Entonces mi padre dio un salto hacia mí, aún semiagachado. Mi madre me arrojó contra la tele, soltándome. Me estrellé contra el mueble y la espalda protestó. Las lágrimas que habían estado bailando al borde de la comisura de los ojos, al fin se suicidaron.

—¡Parad! ¡Parad, por favor! —les chillé con voz de niña y los ojos cerrados. En la oscuridad tras mis párpados, me llegó un extraño sonido, como de porcelana, y luego otro, como el sonido que hacía el cuchillo cuando mamá preparaba el pollo. Y por último, un breve gemido.

Abrí los ojos tras ese espeluznante sonido y sentí un dolor inmenso en el estómago y el pecho. Todos mis nervios quedaron paralizados por una mano enorme y helada.

Mi papá yacía en el suelo con un pedazo del tazón de los Looney Toones en el cuello. Lo vi muy claro. La cabeza de Bugs Bunny sobresalía, sonriente y con la zanahoria a medio comer. Mi padre se había llevado las dos manos ahí y se lo agarraba como si quisiera estrangularse. Las piernas se movían espasmódicamente, arañando el parqué los tacones de los zapatos, y produciendo un irritante ruido. Tanto sus manos, como su cuello y boca, estaban repletos de sangre.

La mano enorme y helada me soltó y empecé a temblar como la vieja lavadora cuando centrifugaba. Una arcada ascendió hasta mi garganta y ahí permaneció, paciente.

Con gran fuerza de voluntad, logré desviar los ojos del cuerpo moribundo de mi padre al tiempo que los zapatos dejaban de hacer ruido. Mi madre me miraba. Me miraba como siempre, como si lo que acabara de hacer fuera cualquier quehacer casero. Y alzaba la ceja, su ceja izquierda.

Justo cuando las sirenas de la policía empezaron a dejarse oír a través de las ventanas abiertas —alguien debió oír los gritos; eso no lo pensé hasta mucho después—, mi madre se movió, y comenzó a andar hacia mí. Pero aquella no era mi madre. Era una mujer desconocida. Una desconocida demasiado familiar. Y me cagué de miedo, literalmente.

Las sirenas se oían más cerca en el momento en que se agachó frente a mí, como había hecho mi padre minutos antes. Sus garras se cerraron con fuerza en mis brazos. Me miró con esa críptica mirada que me ponía la piel de gallina y con la ceja izquierda en su habitual gesto.

Y entones me besó. Me besó con tal intensidad, que mi cabeza chocó contra la pantalla del televisor y ahí permaneció mientras ella apretaba los labios asquerosamente húmedos y calientes contra los míos, cerrados a presión… Hasta que su serpenteante lengua los abrió y su saliva decidió pasarse a mi boca. La lengua se movía por mi paladar, por mis dientes, a un ritmo frenético. Yo no pensaba en otra cosa más que en mi padre, en la sangre, en el traqueteo de sus zapatos, ya desaparecido. Pero la nausea que se había detenido en la garganta momentos antes, era muy consciente de lo que estaba sucediendo, de lo que había en mi boca, de modo que perdió la paciencia y reanudó su marcha hasta el exterior. Aterrizó en la boca de aquella mujer desconocida y ella retrocedió al fin. Sin embargo, su rostro no mostraba asco; seguía igual que antes. Solo que ahora ese extraño brillo de sus ojos era más intenso. Excitación.

Permaneció unos segundos en silencio. El salón olía a mierda, a vómito, a saliva y a algo dulzón. Ahora no solo se oían las sirenas, ya muy cerca, sino también el motor de los coches.

Las palabras que escribiré a continuación se han repetido miles de veces en mis pesadillas.

—No te preocupes, cariño —me dijo limpiándose el vómito con el brazo—. Mamá cuidará de ti. Al fin estamos solos, mi amor.